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Capitulo 12: El Portador
“Había una vez un lugar donde todos los animales del mundo podían acudir para encontrar descanso. Un lugar tan hermoso que era objeto de habladurías, leyendas y pinturas.
Las flores eran de colores intensos y brillantes. Los árboles, tan robustos como afables, regalaban frutas exóticas a toda boca que padeciera de hambre. Entre toda la vegetación se podían descubrir pequeñas lagunas de refrescantes aguas cristalinas.
El lugar fue nombrado como El Paraíso de los Galopadores y los animales que pasaban por allí quedaban prendados de su inmensa belleza. Este lugar tenía algo mágico, algo que producía que los viajeros decidieran quedarse allí para siempre. Los rayos de sol nunca se apagaban, era como si la noche no existiera entre los árboles del paraíso. Entre ellos tampoco existía la escasez del alimento o el agua. Los viajeros dormían cuando querían, comían cuando lo veían necesarios y disfrutaban de sus vidas como nunca antes lo habían hecho.
Se solían ver hermosos corceles galopando por el interior del Paraíso de los Galopadores, incluso los unicornios, que se creían extintos, brindaban la magia de sus poderosos cuernos para hacer que el lugar no perdiera nunca la magia.
Pero la felicidad, la luz y la magia fueron cubiertas por una ola de oscuridad. Corceles de las sombras comenzaron a recubrir el Paraíso de los Galopadores. Las flores se volvieron mustias, los árboles perdieron sus hojas, los animales y los viajeros empezaron a luchar por su supervivencia. Nació el caos y la pobreza, el hambre y la desesperación, hasta que solo quedó sequía y arena.
Lo que antes había sido un paraíso ahora se convertía en el Desierto de los Galopadores. Los viajeros perdieron su sustento, pues los animales habían desaparecido. Quisieron irse de allí, marcharse a otra ciudad, a otro lugar, pero la magia que residía en el lugar impedía que pudieran hacerlo.
Cuando todo estaba perdido, cuando la muerte parecía asolar a los galopadores, una luz emergió en la oscuridad. Un caballo de crines negras como la noche equipado con una armadura dorada se enfrentó a los corceles de sombra.
El Portador se alzó sobre sus patas traseras y sacudió su melena negra. La vida volvió a nacer en el Desierto de los Galopadores, no con la suficiente fuerza con la que hubo una vez en el Paraíso de los Galopadores, pero lo suficiente como para que las familias pudieran seguir viviendo.
El corcel de armadura dorada custodiaba la seguridad de los galopadores día y noche hasta que sus protegidos se pudieron valer por si mismos. Así pues el Portador se marchó para nunca más volver.
Fin”
La explosión se escuchó en todo el Desierto de los Galopadores. Las banderas se vieron obligadas a ondearse golpeadas por la ceniza y la arena que aquel fenómeno había producido. Capi Rosa blanca se quedó perpleja al mismo tiempo que el sonido de los disparos se detenían.
-¡Replegaros!- gritó Ryze mientras sus siete secuaces se repartían por toda la ciudad.
No podían creer que Horsy hubiera sido asesinado, no de esta forma. El sheriff que siempre había antepuesto la seguridad de su ciudad a la suya propia, acababa de ser calcinado bajo unas llamas creadas por la traición.
Los disparos provocaron que la mestiza reaccionara de nuevo, y hubiera sido demasiado tarde para ella si Penélope no hubiera levantado una barrera que las protegiera de las balas del enemigo.
-¡Es inmortal!-dijo Penélope entre jadeos de agotamiento. Una gota de sangre emergió del hocico de la yegua blanca, apenas se mantuvo líquida unos segundos antes de que se solidificara convirtiéndose en hielo rojo-Tenía que haber muerto.
El hielo que la yegua había creado con anterioridad parecía estar perdiendo su fuerza, su frío,… su existencia. Unos dedos se apoyaron en el hombro derecho de la panda, el comandante de guerra había decidido acercarse a ellas. El rostro de Ysergrin se mostraba completamente diferente al que Capi alguna vez había conocido. Su sonrisa había desaparecido, al igual que aquella mirada divertida y remolona solo característica de él. Aunque se esforzara en ocultar sus sentimientos tras el cañón de su arma, a la cual recargaba, el burro no podía ocultar su preocupación hacia la ternadiana, que leía sus pensamientos sin esfuerzo alguno.
-Tienes que parar Penélope-dijo Capi-Te estás excediendo.
-No estoy cansada-habló la yegua entre jadeos-Es solo que ya he utilizado toda la humedad de la ciudad.
Un grupo de galopadores salió corriendo detrás de la botica, en sus caras se podía ver el terror, la torpeza de sus pasos impidió que pudieran huir lo suficientemente lejos como para que uno de los secuaces de Ryze acabara con sus vidas. La vida de cinco galopadores eliminada como si se tratara de las siembras en malos tiempos de cosecha, de las hojas de los árboles durante el otoño de Ternan.
El enemigo tenía una gran cornamenta de carnero, sus ojos se mantenían ocultos tras un antifaz idéntico al que los otros seis secuaces de Ryze llevaban puesto, a diferencia de su boca la cual bufaba cubierta de babas que recubrían su barbilla y goteaba sobre sus ropas negras. Su revólver tenía un cañón más grande de lo normal, nada parecido al que utilizaban los galopadores del desierto. Un pequeño rugido emergió de él cuando su hocico señaló a Capi y sus compañeros, los cuales eran los únicos que se mostraban al descubierto en medio de la calle.
-¿Seguro que has utilizado toda la humedad nena?-preguntó Ysergrin señalando con la mirada el gran tonel de agua que situaba sobre el edificio del juez de la ciudad. De repente sus ojos se percataron de como el carnero parecía haberlos marcado como sus siguientes objetivos. Incluso se dio cuenta de que Ryze había desaparecido.
Capi no dudó en actuar, todos estaban luchando por salvar a la ciudad, sacrificando sus propias vidas para ganar tiempo e intentar vencer al enemigo. Era su momento, la música ya sonaba para ella, ahora tenía que empezar a bailar.
Sin importarle el precio ni la valía de la tela que recubría sus piernas, Capi Rosa Blanca sacó sus garras y se deshizo de las partes más largas de su vestido. Su larga cola gatuna emergió bajo los retazos de seda roja que iban cayendo en la arena, cuando se apresuró al edificio del juez deshaciéndose de los zapatos de tacón que entorpecían su carrera. Ascendió con gran agilidad por la pared del edificio, a pesar de que sus colores y facciones fueran las de un panda, sus movimientos la delataban como la más grácil gata.
Se esforzó por empujar el gran tonel que servía como reserva de agua para los galopadores, pero este solo pareció sacudirse un poco. Cerró los ojos y se concentró en hacerlo con más fuerza, tenía que hacerlo, no había otra opción. De pronto el tonel comenzó a moverse, a inclinarse, la panda abrió los ojos para descubrir como los cachorros del horfanato habían salido del edificio del juez para ayudarla a empujarlo. Estaba claro, no estaba sola en esta lucha y aunque todo apuntara a que iban a perder tenían que esforzarse por ganar.
-Gracias-dijo Capi antes de que los cachorros huyeran de nuevo.
Uno de ellos, un jabato de pelaje color mostaza se giró para dedicarle una sonrisa. Segundos después un potrillo le agarraba del brazo y se lo llevaba de la azotea del edificio del juez de los galopadores.
La reserva de agua cayó al suelo formando una pequeña ola de agua potable y cristalina. Las viviendas más cercanas sucumbieron sus cristales ante la potencia del agua, la arena se empapaba ante su paso y la madera que encontraba por el camino se oscurecía.
Penélope estiró sus brazos para controlar el agua que caía presa del hielo. Aunque congelada, el agua helada parecía seguir teniendo consistencia líquida pues los surcos que se formaban en el aire tenían mucha más flexibilidad que el hielo. Poco a poco la magia de la yegua se fue haciendo efectiva, el elemento que ella misma había creado recubría ahora al carnero inmovilizando sus pies y formando un camino helado hasta él.
-Salvemos a tu amigo-dijo Ysergrin cuando la panda se reagrupó con ellos.
Ambos se deslizaron por el camino helado en dirección al carnero cuyos pues habían quedado presos del hielo. Ysergrin desenvainó su espada y se preparó para acabar con su enemigo, al mismo tiempo que Capi se agachaba para coger más velocidad y apresurar a la estación de tren.
Todo parecía estar saliendo a pedir de boca, el plan improvisado que habían ideado parecía ser ideal para acabar con uno de los secuaces de Ryze pero las complicaciones llegaron cuando la espada del burro atravesó el estómago del carnero.
Su cuerpo no sangró, no lo hizo incluso cuando Ysergrin divisó las entrañas de su enemigo, al contrario, su herida comenzó a regenerarse con el arma dentro. Las manos del carnero no parecían ser reales, dos grandes y afiladas garras demoníacas parecían querer acabar con la vida de su rival, por suerte su poca movilidad impidió que lo hiciera.
-¡Corre!-gritó él mientras Capi aprovechaba la velocidad del patinaje para propulsarse en el aire y dirigirse a la estación-¡Ganaré tiempo!
Y así fue como la mestiza corrió como lo había hecho la noche anterior, solo que esta vez nadie la perseguía. La puerta se abrió de golpe para dejarla entrar en el interior del edificio, sus pies descalzos parecían haber agarrado toda la suciedad del lugar que, aparentemente, estaba abandonado.
-Ya no le servís de nada-habló otro de los secuaces del traidor con una voz tocada por ecos fantasmagóricos.
A pesar de ir vestido completamente de negro, se podía vislumbrar la especie del enemigo. El color blanco con líneas negras que se observaba en su rostro lo delataba como un cebra macho. Capi se concentró para entrar en la mente de su enemigo, quiso agarrar todo lo que había en su interior, toda su existencia y arrancársela de su cerebro, sabía que no lo mataría pero le arrebataría lo mas preciado de una mente, el recuerdo. Nunca lo había probado con nadie pero su padre Tanuki le advirtió sobre el daño que se podía hacer con su poder. Alterar los recuerdos era algo fácil para persuadir o hacer creer lo que no era pero ¿Qué pasaría si no recordara ni su propia existencia?
-¡Por los dioses de Alreos!-gritó Capi asustada mientras sentía como si no pudiera respirar.
Claro que podía entrar en la mente de su enemigo, claro que podía adentrarse entre las calles de su cerebro, el problema residía en que solo había vacío. La mestiza se encontró en un lugar completamente vacío y blanco, sin recuerdos ni imágenes del cebra, cada segundo que pasaba allí era como si le faltara la respiración, como si al estar allí estuviera matándose así misma.
Sus rodillas no pudieron sostenerse, el aire que llegaba a sus pulmones parecía no ser suficiente para compensar la pérdida que había sufrido. Su vista comenzó a flaquear, su mente no dejaba de dar vueltas. Lo único que sus ojos rojos pudieron ver, antes de que la borrosidad de su vista le impidiera distinguir cosas, fue a la cebra acercándose a ella con una maza entre sus manos.
-¡Cierra los ojos!-gritó Nil lográndose quitar la mordaza de su hocico.
Hope, la serpiente macho de escamas rosadas comenzó a reptar con gran velocidad. No hacia ruido alguno y su rostro estaba embriagado de rabia y lágrimas. Su cabello rosa se sacudía con el viento mientras sus manos se cerraban en puño tensando sus escamas. Los gritos del panda parecían haber atraído la atención de la cebra, pues este se estaba girando enfurecido para atacar al prisionero.
No cerró los ojos porque su hermano se lo hubiera pedido, en realidad se vio obligada a hacerlo cuando unas nauseas aparecieron en su estómago y amenazaron con obligarla a vomitar el té que madame Yasima le había dado.
-¿Estás bien amiga?-habló Hope con un tono dulce y mucho menos serpenteante de lo que había sido la noche anterior.
Capi abrió los ojos de nuevo y descubrió como su enemigo había quedado completamente petrificado. Entonces recordó lo que había ocurrido en las ruinas del desierto, todos esos furros de la ley, todos ellos transformados en decorados de piedra perfectamente detallados.
-¡¿Fuiste tú?!-se alarmó capi arrastrándose lejos de él.
-No podía hacer otra cosa-los ojos rosados de Hope centelleaban fruto de las lágrimas-Querían atraparme, acabar conmigo, me acusaban de algo que no había hecho…
-No le tocaba a él decidir si debían morir o no-habló Nil soltando sus ataduras- Pero se ha arrepentido de sus actos y eso le honra-el panda sacudió el polvo de su kimono ternadiano, el cual había quedado completamente destrozado por las torturas que habían ejercido sobre él. Cogió aire y, poniendo los ojos en blanco añadió-Cuando esto termine tengo una charla pendiente con un dios conejo…
Pedazos de tierra comenzaron a caer en el suelo desde la estatua de la cebra. Hope se abalanzó sobre la mestiza y la alejó de la estatua antes de que esta fuera atravesada por infinidad de agujas que provenían del interior de la misma.
-Petrificación-dijo la cebra mientras guardaba sus púas y estiraba su cuello como si hubiera estado dormido mucho tiempo-Demasiado fácil.
El antifaz del enemigo caía transformado en arena dejando mostrar sus ojos rojos como la sangre y brillantes como la más intensa de las luces. Su voz, sus garras, las venas hinchadas de sus ojos, su mirada,… todo apuntaba a que el enemigo no era mortal, sino algo demoníaco.
-¡No te atrevas a tocarles!-gritó Nil alzando una barrera de agua que separaba a sus amigos del enemigo, encerrándole únicamente con él.
-¡Hermano!-gritó Capi golpeando la barrera sin lograr penetrarla-¡No seas suicida!
-No creo que aguante mucho-dijo él con una sonrisa-Recupera las armas, consigue ayuda y regresa.
-Pero…
-¡No hay tiempo!-gritó de nuevo-¡Si me quieres con vida será mejor que te des prisa!
-¡Volveremos a por ti panda!-gritó Hope agarrando a la mestiza del brazo y arrastrándola a fuera de la estación.
El panda de ojos color esmeralda observó como sus compañeros se alejaban de él siguiendo sus órdenes. La vida en el Desierto de los Galopadores no había sido demasiado fácil para ellos, en especial para él. Desde que Capi fue vendida al burdel a Nil solo le esperó penuria y latigazos. Su espalda era golpeada día tras día mientras le exigían el paradero de los cristales del oeste, objetos que jamás había visto en su vida, con cada respuesta inútil llegaba un latigazo, y para ellos todas eran respuestas inútiles.
-Acabaré contigo-empezó a hablar la cebra mientras caminaban en círcuos-Utilizaré tus intestinos de bufanda y luego descuartizaré a tus aliados. Nadie puede vencernos.
-Sí, sí,…-dijo Nil-Lo que tú digas.
Aunque no lo pareciera, el panda se moría de miedo. En todas las noches que había pasado allí no había tenido ni una sola noticia de Oterry de Alreos, el dios conejo. Ni si quiera sabía si esta vez iba a parecer para ayudarle, el último mensaje fue claro: “Intenta no morir”.
-¿Por qué los ayudas?-preguntó la voz demoníaca-Ellos no te entienden. Nadie te comprende y tampoco hacen el esfuerzo por intentarlo-la cebra sonrió segundos antes de que su lengua degustaran el sabor de sus labios completamente descarnados-No perteneces a estas tierras, estás lejos de casa. La pérdida de tus padres no supuso nada para ellos, ni si quiera para tu maestro.
-¡Cállate!-grito Nil enfurecido mientras esferas de agua aparecían en sus manos-¡No tienes ni idea de quién soy!
-¿Tú crees?-la situación había cambiado radicalmente. Lo que antes parecía una conversación para ganar tiempo ahora se estaba convirtiendo en una batalla de supervivencia-Nil Panses, el cachorro huérfano bendecido por los dioses. Pero déjame decirte una cosa, tus dioses no están aquí.
El panda comenzó a lanzar sus esferas de agua con gran fuerza, una tras otra, cuando una salía disparada, otra nacía en la misma mano. Las paredes de la estación empezaron a quebrarse levemente, pues el enemigo se movía con gran agilidad, esquivando cada uno de sus ataques. Una risotada emergió de entre los labios de la cebra, una carcajada que erizó el pelaje del panda.
-La ira no es la respuesta hijo mío-su enemigo imitaba la voz de Tanuki a la perfección, después regresaba la voz tenebrosa-¡Admítelo, vas a morir!
De repente una de las esferas impactó contra el torso de la cebra. Nil observó cómo su enemigo salió disparado por los aires hasta chocar contra la pared de la estación. Segundos después este se reincorporaba, sonriente, sacudiendo el agua de sus ropas negras.
-¿Eso es todo lo que puedes hacer?
La cebra comenzó a moverse con velocidad, de nuevo esquivando las esferas que Nil lanzaba para ralentizar su paso. Los brazos de su enemigo lo rodearon y, poco a poco su piel se tornó puntiaguda, repleta de púas. Las agujas del demonio atravesaron el cuerpo del panda sin piedad alguna. Nil Panses se derrumbó sobre el pavimento, pero cuando su cuerpo se proponía a golpearse contra el suelo, lo único que se estrelló fue el agua del charco que se había formado.
El agua se movió como si tuviera vida propia y empezó a tomar forma lejos de la cebra. Nil apareció de nuevo, sonriente y asombrado.
-¡¿Has visto eso?!-gritó el panda-¡No tenía seguro que me fuera a salir! ¡Pero mírame!
-¡Maldito cachorro!-gritó la cebra enfurecida mientras se abalanzaba hacia él.
El panda se lanzó al suelo, hizo una pequeña voltereta y creo un pequeño cubículo de agua donde mantendría a su enemigo encerrado.
-Soy mayor de edad-dijo Nil-Y tienes razón, la ira no es la respuesta.
La prisión de agua no duraría mucho y el panda empezaba a sentir el agotamiento en su cuerpo. Tenía que ganar el máximo de tiempo posible y, hasta el momento lo estaba haciendo bien, aunque a decir verdad no sabía cuánto más iba a aguantar. Una gota de sangre se deslizó desde su hocico, los límites estaban cercanos y el enemigo lo sabía a la perfección.
Una vez más os traigo un capitulo de Valrein. Gracias, de corazón, por seguirme, porque vosotros conseguís que me levante cada mañana con ganas de cumplir mi sueño. No me cansaré nunca en repetir lo mucho que animais a seguir adelante.
Oterry Oterry de Alreos
horsyboyspain El Sheriff
capi-panda Capi Rosa Blanca
capi-panda Penélope
Ysergrin Ysergrin
Ysergrin Yasima
andriassch Andrias
NilPanses Nil Panses
Luka02 ilustración
“Había una vez un lugar donde todos los animales del mundo podían acudir para encontrar descanso. Un lugar tan hermoso que era objeto de habladurías, leyendas y pinturas.
Las flores eran de colores intensos y brillantes. Los árboles, tan robustos como afables, regalaban frutas exóticas a toda boca que padeciera de hambre. Entre toda la vegetación se podían descubrir pequeñas lagunas de refrescantes aguas cristalinas.
El lugar fue nombrado como El Paraíso de los Galopadores y los animales que pasaban por allí quedaban prendados de su inmensa belleza. Este lugar tenía algo mágico, algo que producía que los viajeros decidieran quedarse allí para siempre. Los rayos de sol nunca se apagaban, era como si la noche no existiera entre los árboles del paraíso. Entre ellos tampoco existía la escasez del alimento o el agua. Los viajeros dormían cuando querían, comían cuando lo veían necesarios y disfrutaban de sus vidas como nunca antes lo habían hecho.
Se solían ver hermosos corceles galopando por el interior del Paraíso de los Galopadores, incluso los unicornios, que se creían extintos, brindaban la magia de sus poderosos cuernos para hacer que el lugar no perdiera nunca la magia.
Pero la felicidad, la luz y la magia fueron cubiertas por una ola de oscuridad. Corceles de las sombras comenzaron a recubrir el Paraíso de los Galopadores. Las flores se volvieron mustias, los árboles perdieron sus hojas, los animales y los viajeros empezaron a luchar por su supervivencia. Nació el caos y la pobreza, el hambre y la desesperación, hasta que solo quedó sequía y arena.
Lo que antes había sido un paraíso ahora se convertía en el Desierto de los Galopadores. Los viajeros perdieron su sustento, pues los animales habían desaparecido. Quisieron irse de allí, marcharse a otra ciudad, a otro lugar, pero la magia que residía en el lugar impedía que pudieran hacerlo.
Cuando todo estaba perdido, cuando la muerte parecía asolar a los galopadores, una luz emergió en la oscuridad. Un caballo de crines negras como la noche equipado con una armadura dorada se enfrentó a los corceles de sombra.
El Portador se alzó sobre sus patas traseras y sacudió su melena negra. La vida volvió a nacer en el Desierto de los Galopadores, no con la suficiente fuerza con la que hubo una vez en el Paraíso de los Galopadores, pero lo suficiente como para que las familias pudieran seguir viviendo.
El corcel de armadura dorada custodiaba la seguridad de los galopadores día y noche hasta que sus protegidos se pudieron valer por si mismos. Así pues el Portador se marchó para nunca más volver.
Fin”
La explosión se escuchó en todo el Desierto de los Galopadores. Las banderas se vieron obligadas a ondearse golpeadas por la ceniza y la arena que aquel fenómeno había producido. Capi Rosa blanca se quedó perpleja al mismo tiempo que el sonido de los disparos se detenían.
-¡Replegaros!- gritó Ryze mientras sus siete secuaces se repartían por toda la ciudad.
No podían creer que Horsy hubiera sido asesinado, no de esta forma. El sheriff que siempre había antepuesto la seguridad de su ciudad a la suya propia, acababa de ser calcinado bajo unas llamas creadas por la traición.
Los disparos provocaron que la mestiza reaccionara de nuevo, y hubiera sido demasiado tarde para ella si Penélope no hubiera levantado una barrera que las protegiera de las balas del enemigo.
-¡Es inmortal!-dijo Penélope entre jadeos de agotamiento. Una gota de sangre emergió del hocico de la yegua blanca, apenas se mantuvo líquida unos segundos antes de que se solidificara convirtiéndose en hielo rojo-Tenía que haber muerto.
El hielo que la yegua había creado con anterioridad parecía estar perdiendo su fuerza, su frío,… su existencia. Unos dedos se apoyaron en el hombro derecho de la panda, el comandante de guerra había decidido acercarse a ellas. El rostro de Ysergrin se mostraba completamente diferente al que Capi alguna vez había conocido. Su sonrisa había desaparecido, al igual que aquella mirada divertida y remolona solo característica de él. Aunque se esforzara en ocultar sus sentimientos tras el cañón de su arma, a la cual recargaba, el burro no podía ocultar su preocupación hacia la ternadiana, que leía sus pensamientos sin esfuerzo alguno.
-Tienes que parar Penélope-dijo Capi-Te estás excediendo.
-No estoy cansada-habló la yegua entre jadeos-Es solo que ya he utilizado toda la humedad de la ciudad.
Un grupo de galopadores salió corriendo detrás de la botica, en sus caras se podía ver el terror, la torpeza de sus pasos impidió que pudieran huir lo suficientemente lejos como para que uno de los secuaces de Ryze acabara con sus vidas. La vida de cinco galopadores eliminada como si se tratara de las siembras en malos tiempos de cosecha, de las hojas de los árboles durante el otoño de Ternan.
El enemigo tenía una gran cornamenta de carnero, sus ojos se mantenían ocultos tras un antifaz idéntico al que los otros seis secuaces de Ryze llevaban puesto, a diferencia de su boca la cual bufaba cubierta de babas que recubrían su barbilla y goteaba sobre sus ropas negras. Su revólver tenía un cañón más grande de lo normal, nada parecido al que utilizaban los galopadores del desierto. Un pequeño rugido emergió de él cuando su hocico señaló a Capi y sus compañeros, los cuales eran los únicos que se mostraban al descubierto en medio de la calle.
-¿Seguro que has utilizado toda la humedad nena?-preguntó Ysergrin señalando con la mirada el gran tonel de agua que situaba sobre el edificio del juez de la ciudad. De repente sus ojos se percataron de como el carnero parecía haberlos marcado como sus siguientes objetivos. Incluso se dio cuenta de que Ryze había desaparecido.
Capi no dudó en actuar, todos estaban luchando por salvar a la ciudad, sacrificando sus propias vidas para ganar tiempo e intentar vencer al enemigo. Era su momento, la música ya sonaba para ella, ahora tenía que empezar a bailar.
Sin importarle el precio ni la valía de la tela que recubría sus piernas, Capi Rosa Blanca sacó sus garras y se deshizo de las partes más largas de su vestido. Su larga cola gatuna emergió bajo los retazos de seda roja que iban cayendo en la arena, cuando se apresuró al edificio del juez deshaciéndose de los zapatos de tacón que entorpecían su carrera. Ascendió con gran agilidad por la pared del edificio, a pesar de que sus colores y facciones fueran las de un panda, sus movimientos la delataban como la más grácil gata.
Se esforzó por empujar el gran tonel que servía como reserva de agua para los galopadores, pero este solo pareció sacudirse un poco. Cerró los ojos y se concentró en hacerlo con más fuerza, tenía que hacerlo, no había otra opción. De pronto el tonel comenzó a moverse, a inclinarse, la panda abrió los ojos para descubrir como los cachorros del horfanato habían salido del edificio del juez para ayudarla a empujarlo. Estaba claro, no estaba sola en esta lucha y aunque todo apuntara a que iban a perder tenían que esforzarse por ganar.
-Gracias-dijo Capi antes de que los cachorros huyeran de nuevo.
Uno de ellos, un jabato de pelaje color mostaza se giró para dedicarle una sonrisa. Segundos después un potrillo le agarraba del brazo y se lo llevaba de la azotea del edificio del juez de los galopadores.
La reserva de agua cayó al suelo formando una pequeña ola de agua potable y cristalina. Las viviendas más cercanas sucumbieron sus cristales ante la potencia del agua, la arena se empapaba ante su paso y la madera que encontraba por el camino se oscurecía.
Penélope estiró sus brazos para controlar el agua que caía presa del hielo. Aunque congelada, el agua helada parecía seguir teniendo consistencia líquida pues los surcos que se formaban en el aire tenían mucha más flexibilidad que el hielo. Poco a poco la magia de la yegua se fue haciendo efectiva, el elemento que ella misma había creado recubría ahora al carnero inmovilizando sus pies y formando un camino helado hasta él.
-Salvemos a tu amigo-dijo Ysergrin cuando la panda se reagrupó con ellos.
Ambos se deslizaron por el camino helado en dirección al carnero cuyos pues habían quedado presos del hielo. Ysergrin desenvainó su espada y se preparó para acabar con su enemigo, al mismo tiempo que Capi se agachaba para coger más velocidad y apresurar a la estación de tren.
Todo parecía estar saliendo a pedir de boca, el plan improvisado que habían ideado parecía ser ideal para acabar con uno de los secuaces de Ryze pero las complicaciones llegaron cuando la espada del burro atravesó el estómago del carnero.
Su cuerpo no sangró, no lo hizo incluso cuando Ysergrin divisó las entrañas de su enemigo, al contrario, su herida comenzó a regenerarse con el arma dentro. Las manos del carnero no parecían ser reales, dos grandes y afiladas garras demoníacas parecían querer acabar con la vida de su rival, por suerte su poca movilidad impidió que lo hiciera.
-¡Corre!-gritó él mientras Capi aprovechaba la velocidad del patinaje para propulsarse en el aire y dirigirse a la estación-¡Ganaré tiempo!
Y así fue como la mestiza corrió como lo había hecho la noche anterior, solo que esta vez nadie la perseguía. La puerta se abrió de golpe para dejarla entrar en el interior del edificio, sus pies descalzos parecían haber agarrado toda la suciedad del lugar que, aparentemente, estaba abandonado.
-Ya no le servís de nada-habló otro de los secuaces del traidor con una voz tocada por ecos fantasmagóricos.
A pesar de ir vestido completamente de negro, se podía vislumbrar la especie del enemigo. El color blanco con líneas negras que se observaba en su rostro lo delataba como un cebra macho. Capi se concentró para entrar en la mente de su enemigo, quiso agarrar todo lo que había en su interior, toda su existencia y arrancársela de su cerebro, sabía que no lo mataría pero le arrebataría lo mas preciado de una mente, el recuerdo. Nunca lo había probado con nadie pero su padre Tanuki le advirtió sobre el daño que se podía hacer con su poder. Alterar los recuerdos era algo fácil para persuadir o hacer creer lo que no era pero ¿Qué pasaría si no recordara ni su propia existencia?
-¡Por los dioses de Alreos!-gritó Capi asustada mientras sentía como si no pudiera respirar.
Claro que podía entrar en la mente de su enemigo, claro que podía adentrarse entre las calles de su cerebro, el problema residía en que solo había vacío. La mestiza se encontró en un lugar completamente vacío y blanco, sin recuerdos ni imágenes del cebra, cada segundo que pasaba allí era como si le faltara la respiración, como si al estar allí estuviera matándose así misma.
Sus rodillas no pudieron sostenerse, el aire que llegaba a sus pulmones parecía no ser suficiente para compensar la pérdida que había sufrido. Su vista comenzó a flaquear, su mente no dejaba de dar vueltas. Lo único que sus ojos rojos pudieron ver, antes de que la borrosidad de su vista le impidiera distinguir cosas, fue a la cebra acercándose a ella con una maza entre sus manos.
-¡Cierra los ojos!-gritó Nil lográndose quitar la mordaza de su hocico.
Hope, la serpiente macho de escamas rosadas comenzó a reptar con gran velocidad. No hacia ruido alguno y su rostro estaba embriagado de rabia y lágrimas. Su cabello rosa se sacudía con el viento mientras sus manos se cerraban en puño tensando sus escamas. Los gritos del panda parecían haber atraído la atención de la cebra, pues este se estaba girando enfurecido para atacar al prisionero.
No cerró los ojos porque su hermano se lo hubiera pedido, en realidad se vio obligada a hacerlo cuando unas nauseas aparecieron en su estómago y amenazaron con obligarla a vomitar el té que madame Yasima le había dado.
-¿Estás bien amiga?-habló Hope con un tono dulce y mucho menos serpenteante de lo que había sido la noche anterior.
Capi abrió los ojos de nuevo y descubrió como su enemigo había quedado completamente petrificado. Entonces recordó lo que había ocurrido en las ruinas del desierto, todos esos furros de la ley, todos ellos transformados en decorados de piedra perfectamente detallados.
-¡¿Fuiste tú?!-se alarmó capi arrastrándose lejos de él.
-No podía hacer otra cosa-los ojos rosados de Hope centelleaban fruto de las lágrimas-Querían atraparme, acabar conmigo, me acusaban de algo que no había hecho…
-No le tocaba a él decidir si debían morir o no-habló Nil soltando sus ataduras- Pero se ha arrepentido de sus actos y eso le honra-el panda sacudió el polvo de su kimono ternadiano, el cual había quedado completamente destrozado por las torturas que habían ejercido sobre él. Cogió aire y, poniendo los ojos en blanco añadió-Cuando esto termine tengo una charla pendiente con un dios conejo…
Pedazos de tierra comenzaron a caer en el suelo desde la estatua de la cebra. Hope se abalanzó sobre la mestiza y la alejó de la estatua antes de que esta fuera atravesada por infinidad de agujas que provenían del interior de la misma.
-Petrificación-dijo la cebra mientras guardaba sus púas y estiraba su cuello como si hubiera estado dormido mucho tiempo-Demasiado fácil.
El antifaz del enemigo caía transformado en arena dejando mostrar sus ojos rojos como la sangre y brillantes como la más intensa de las luces. Su voz, sus garras, las venas hinchadas de sus ojos, su mirada,… todo apuntaba a que el enemigo no era mortal, sino algo demoníaco.
-¡No te atrevas a tocarles!-gritó Nil alzando una barrera de agua que separaba a sus amigos del enemigo, encerrándole únicamente con él.
-¡Hermano!-gritó Capi golpeando la barrera sin lograr penetrarla-¡No seas suicida!
-No creo que aguante mucho-dijo él con una sonrisa-Recupera las armas, consigue ayuda y regresa.
-Pero…
-¡No hay tiempo!-gritó de nuevo-¡Si me quieres con vida será mejor que te des prisa!
-¡Volveremos a por ti panda!-gritó Hope agarrando a la mestiza del brazo y arrastrándola a fuera de la estación.
El panda de ojos color esmeralda observó como sus compañeros se alejaban de él siguiendo sus órdenes. La vida en el Desierto de los Galopadores no había sido demasiado fácil para ellos, en especial para él. Desde que Capi fue vendida al burdel a Nil solo le esperó penuria y latigazos. Su espalda era golpeada día tras día mientras le exigían el paradero de los cristales del oeste, objetos que jamás había visto en su vida, con cada respuesta inútil llegaba un latigazo, y para ellos todas eran respuestas inútiles.
-Acabaré contigo-empezó a hablar la cebra mientras caminaban en círcuos-Utilizaré tus intestinos de bufanda y luego descuartizaré a tus aliados. Nadie puede vencernos.
-Sí, sí,…-dijo Nil-Lo que tú digas.
Aunque no lo pareciera, el panda se moría de miedo. En todas las noches que había pasado allí no había tenido ni una sola noticia de Oterry de Alreos, el dios conejo. Ni si quiera sabía si esta vez iba a parecer para ayudarle, el último mensaje fue claro: “Intenta no morir”.
-¿Por qué los ayudas?-preguntó la voz demoníaca-Ellos no te entienden. Nadie te comprende y tampoco hacen el esfuerzo por intentarlo-la cebra sonrió segundos antes de que su lengua degustaran el sabor de sus labios completamente descarnados-No perteneces a estas tierras, estás lejos de casa. La pérdida de tus padres no supuso nada para ellos, ni si quiera para tu maestro.
-¡Cállate!-grito Nil enfurecido mientras esferas de agua aparecían en sus manos-¡No tienes ni idea de quién soy!
-¿Tú crees?-la situación había cambiado radicalmente. Lo que antes parecía una conversación para ganar tiempo ahora se estaba convirtiendo en una batalla de supervivencia-Nil Panses, el cachorro huérfano bendecido por los dioses. Pero déjame decirte una cosa, tus dioses no están aquí.
El panda comenzó a lanzar sus esferas de agua con gran fuerza, una tras otra, cuando una salía disparada, otra nacía en la misma mano. Las paredes de la estación empezaron a quebrarse levemente, pues el enemigo se movía con gran agilidad, esquivando cada uno de sus ataques. Una risotada emergió de entre los labios de la cebra, una carcajada que erizó el pelaje del panda.
-La ira no es la respuesta hijo mío-su enemigo imitaba la voz de Tanuki a la perfección, después regresaba la voz tenebrosa-¡Admítelo, vas a morir!
De repente una de las esferas impactó contra el torso de la cebra. Nil observó cómo su enemigo salió disparado por los aires hasta chocar contra la pared de la estación. Segundos después este se reincorporaba, sonriente, sacudiendo el agua de sus ropas negras.
-¿Eso es todo lo que puedes hacer?
La cebra comenzó a moverse con velocidad, de nuevo esquivando las esferas que Nil lanzaba para ralentizar su paso. Los brazos de su enemigo lo rodearon y, poco a poco su piel se tornó puntiaguda, repleta de púas. Las agujas del demonio atravesaron el cuerpo del panda sin piedad alguna. Nil Panses se derrumbó sobre el pavimento, pero cuando su cuerpo se proponía a golpearse contra el suelo, lo único que se estrelló fue el agua del charco que se había formado.
El agua se movió como si tuviera vida propia y empezó a tomar forma lejos de la cebra. Nil apareció de nuevo, sonriente y asombrado.
-¡¿Has visto eso?!-gritó el panda-¡No tenía seguro que me fuera a salir! ¡Pero mírame!
-¡Maldito cachorro!-gritó la cebra enfurecida mientras se abalanzaba hacia él.
El panda se lanzó al suelo, hizo una pequeña voltereta y creo un pequeño cubículo de agua donde mantendría a su enemigo encerrado.
-Soy mayor de edad-dijo Nil-Y tienes razón, la ira no es la respuesta.
La prisión de agua no duraría mucho y el panda empezaba a sentir el agotamiento en su cuerpo. Tenía que ganar el máximo de tiempo posible y, hasta el momento lo estaba haciendo bien, aunque a decir verdad no sabía cuánto más iba a aguantar. Una gota de sangre se deslizó desde su hocico, los límites estaban cercanos y el enemigo lo sabía a la perfección.
Una vez más os traigo un capitulo de Valrein. Gracias, de corazón, por seguirme, porque vosotros conseguís que me levante cada mañana con ganas de cumplir mi sueño. No me cansaré nunca en repetir lo mucho que animais a seguir adelante.
Oterry Oterry de Alreos
horsyboyspain El Sheriff
capi-panda Capi Rosa Blanca
capi-panda Penélope
Ysergrin Ysergrin
Ysergrin Yasima
NilPanses Nil Panses
Luka02 ilustraciónCategory Story / Fantasy
Species Unspecified / Any
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File Size 187.5 kB
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