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-“Para vencer a la oscuridad tienes que luchar con tu propia luz”- palabras que resuenan continuamente en mi cabeza.
Hubo una vez en el que era alguien. Tenía una familia, un legado, una reputación. Pero todo me fue arrebatado.
La oscuridad no solo existe en forma de monstruos o pesadillas, también existe en el corazón de los más débiles. Y fue uno de esos débiles quien pensó que destruir a los Artic sería válido para alzar un imperio en medio de una ciudad corrompida por los deseos más avariciosos.
Una vez fuimos famosos por nuestros trabajos, éramos los mejores sastres de Alarac. Pero, cuando mejor nos iba, el calor de las arenas nos cubrió por completo.
-Egor...-logro pronunciar cuando consigo salir de mi tumba de arena.
Sé que los míos están enterrados bajo mis pies. No tengo tiempo para dedicarles una oración, ni siquiera para llorar sus muertes. Mi pelaje se encuentra totalmente cubierto por polvo y arena, ni si quiera mis marcas se vislumbran en medio de la noche.
Moribundo, me dejo guiar por la luz de la luna a través del desierto Amir, hasta un refugio. No es más que una cueva artificial creada por el sultán de Alarac para proteger a sus hombres de los posibles peligros que asolan nuestras tierras.
No me resulta complicado entrar en el refugio. La puerta está abierta de par en par y las luces encendidas. Allí dentro no hay nadie y, como era de esperar no hay demasiado con lo que abastecerme: agua, cereal y lo que más ansiaba, serip.
Conocida como la especia de la vida, exportada desde Alarac a otros paises. Elaborada a base de una hierba curativa que solo crece en el Amir, suficiente como para regenerar las heridas que me produjeron esos matones.
Mezclo la hierba con el agua y bebo más de lo que puedo. Por un momento toso y me retuerzo en el suelo, fruto del dolor. Siento como mis costillas crujen, mis ojos centellean y mi cuerpo suplica que pare.
Me quedo allí unos minutos, no puedo moverme, es el efecto secundario de la serip. Parezco muerto, pero no lo estoy. No respiro, mi corazón no late, mi cuerpo está frío.
-¡Ey!-escucho una voz-¡Hay alguien aquí!
Consigo ver a cuatro soldados del sultán. No distingo sus razas, ni sus sexos. Ni si quiera puedo ver las cosas con claridad.
-Está muerto-comenta el segundo, entre risas, mirándome como si fuera algún tipo de vagabundo o criminal.
El tercero se da cuenta de la botella de agua derramada por el suelo, y para mi mala suerte, se percata de la hierba que hay sobre la mesa.
-¡Ha tomado serip!-grita.
Los cuatro se ponen a la defensiva, desenfundan sus espadas de hoja curva y esperan a que haya algún movimiento, pero no lo hay.
El cuarto avanza hacia mí. Decidido a atravesarme con su cimitarra para ponerle fin a la amenaza. Siento como la sangre vuelve a fuir de nuevo a través de mis venas, como mi corazón late una vez más. La muerte me asola, está cerca, tanto que puedo sentir su respiración sobre mí, quiere llevarme con ella, o al menos intentarlo,... otra vez.
Ágilmente me levanto en el momento justo en el que recupero la movilidad. La hoja del cuarto choca contra el suelo mientras, en mis manos, aparecen las dos únicas razones por las que sigo con vida.
Dos espadas de hoja fina se mantienen empuñadas por mis manos. Dos armas que ni siquiera avisaron que llegaban. Un don para unos, una maldición para mí.
Giro sobre mi mismo bloqueando y asestando golpes mortales. La sangre sale disparada por los aires mientras que, el polvo que una vez me cubrió, forma la silueta de mis últimos movimientos.
Ojos morados, pelaje blanco y marcas azules. Siento que ya no soy Ryan Artic. Con cada enemigo que se desangra en el suelo, cae un pedazo del lobo ártico que una vez fui.
Un fénec, una salamandra, un caballo y un tigre, esos son los enemigos que intentaron acabar conmigo y que, ahora, yacen en el suelo. Sus cascos ruedan por el refugio, sus armas descansan lejos de ellos y sus cuerpos mueren.
Siento como un poder fluye por mi cuerpo, algo que jamás antes había sentido, me hace sentir demasiado bien. Unas esferas blancas y azules emergen de los cadáveres y acuden al filo de mis espadas, que parecen estar llamándolas.
Se lo que soy, en lo que el destino me ha convertido. En los tratados antiguos nos llaman Devoradores, elegidos por el dios dragón Val para recolectar las almas de los injustos. Inmortales hasta cumplir un destino que aun no me ha sido revelado. Las espadas deciden desaparecer cuando el combate se da por finalizado.
Tengo hambre pero no tengo tiempo para comer. Tengo sed pero no tengo ganas de beber. Egor acabó con mi familia y Val me maldijo para seguir con vida.
-Yo le daré muerte-susurro mientras cojo las riendas de uno de los cash de los hombres del sultán. Cabalgo sobre el animal durante unos minutos y la luna me desvela, una vez más, el camino hasta Alarac.
La ciudad se muestra frente a mí, con sus grandes edificios de piedra y barro. Como era de esperar los guardias atestan las entradas de la ciudad. Parecen haber transcurridos varios días desde que morí, pues la ciudad no se muestra igual.
Mis manos resplandecen embriagadas por un humo negro, no sé como pero empiezo a tele-transportarme una y otra vez. Las espadas gemelas emergen en mis manos, atravieso a los hombres del sultán como si fueran de mantequilla. Uno tras otro van abriéndome camino hasta el interior de Alarac.
No dan la alarma, pues no tienen tiempo para reaccionar. Me muevo a través de los tejados de las casas como si fuera un fantasma: sin ser visto, sin ser oído.
Siento como el poder que hay en mi interior crece con cada alma que mis armas devoran. No le doy importancia, obcecado por mi venganza llego hasta donde me había previsto.
Entro a través de la ventana a la casa de Egor, le atravieso con mis espadas y, antes de morir, consigue abrir los ojos. Lo único que puede ver son dos ojos morados que brillan en medio de una noche sangrienta. No sonrío, ni si quiera me alegro de haberle dado muerte, simplemente no siento nada.
Sobre su mesa hay un pergamino junto a unas bolsas repletas de monedas de oro. Me tomo unos minutos para leer mientras, el alma de mi enemigo fluye a través de mí.
“La riqueza de los Artic está creciendo junto a su fama. Calculo que si no cesan tendrán mucho más poder que el propio Sultán. No queremos una rebelión, no queremos ver expectativas de que Alarac se puede alzar por encima de su propio rey. Una vez nos pediste ayuda para agrandar tu imperio de alfombras y baratijas. Acaba con los Artic y tendrás la recompensa que mereces.
-El consejero-”
Mis ojos se clavan en el castillo, mis espadas desaparecen saciadas y mis manos se cubren por el humo negro que, segundos antes, me había cubierto. Suspiro, preparado para lo que se avecina. Una guerra donde estoy solo contra el ejército personal del sultán. No tengo nada que perder, pero muero de ganas por acabar con esto.
“Para vencer a la oscuridad, tengo que ser una sombra.
-Ryan Artic, Elegido de Val.”
Bueno por aquí os dejo lo último que escribí del nuevo Valrein. La historia ha cambiado radicalmente. Ahora no es un mundo repleto de magia, si no de oscuridad. Donde los elegidos de Val tienen que decidir que camino escoger.
Dibujo por
Oterry
Historia por
NilPanses
Ryan Artic
loboartico
AGRADECEROS LA LECTURA. SI OS GUSTA ¡YA SABEIS! COMENTAR!!! ¿Y PORQUÉ NO? ¡FAVORITEAR!
¡UN SALUDO Y CUIDADO CON LAS SOMBRAS!
Hubo una vez en el que era alguien. Tenía una familia, un legado, una reputación. Pero todo me fue arrebatado.
La oscuridad no solo existe en forma de monstruos o pesadillas, también existe en el corazón de los más débiles. Y fue uno de esos débiles quien pensó que destruir a los Artic sería válido para alzar un imperio en medio de una ciudad corrompida por los deseos más avariciosos.
Una vez fuimos famosos por nuestros trabajos, éramos los mejores sastres de Alarac. Pero, cuando mejor nos iba, el calor de las arenas nos cubrió por completo.
-Egor...-logro pronunciar cuando consigo salir de mi tumba de arena.
Sé que los míos están enterrados bajo mis pies. No tengo tiempo para dedicarles una oración, ni siquiera para llorar sus muertes. Mi pelaje se encuentra totalmente cubierto por polvo y arena, ni si quiera mis marcas se vislumbran en medio de la noche.
Moribundo, me dejo guiar por la luz de la luna a través del desierto Amir, hasta un refugio. No es más que una cueva artificial creada por el sultán de Alarac para proteger a sus hombres de los posibles peligros que asolan nuestras tierras.
No me resulta complicado entrar en el refugio. La puerta está abierta de par en par y las luces encendidas. Allí dentro no hay nadie y, como era de esperar no hay demasiado con lo que abastecerme: agua, cereal y lo que más ansiaba, serip.
Conocida como la especia de la vida, exportada desde Alarac a otros paises. Elaborada a base de una hierba curativa que solo crece en el Amir, suficiente como para regenerar las heridas que me produjeron esos matones.
Mezclo la hierba con el agua y bebo más de lo que puedo. Por un momento toso y me retuerzo en el suelo, fruto del dolor. Siento como mis costillas crujen, mis ojos centellean y mi cuerpo suplica que pare.
Me quedo allí unos minutos, no puedo moverme, es el efecto secundario de la serip. Parezco muerto, pero no lo estoy. No respiro, mi corazón no late, mi cuerpo está frío.
-¡Ey!-escucho una voz-¡Hay alguien aquí!
Consigo ver a cuatro soldados del sultán. No distingo sus razas, ni sus sexos. Ni si quiera puedo ver las cosas con claridad.
-Está muerto-comenta el segundo, entre risas, mirándome como si fuera algún tipo de vagabundo o criminal.
El tercero se da cuenta de la botella de agua derramada por el suelo, y para mi mala suerte, se percata de la hierba que hay sobre la mesa.
-¡Ha tomado serip!-grita.
Los cuatro se ponen a la defensiva, desenfundan sus espadas de hoja curva y esperan a que haya algún movimiento, pero no lo hay.
El cuarto avanza hacia mí. Decidido a atravesarme con su cimitarra para ponerle fin a la amenaza. Siento como la sangre vuelve a fuir de nuevo a través de mis venas, como mi corazón late una vez más. La muerte me asola, está cerca, tanto que puedo sentir su respiración sobre mí, quiere llevarme con ella, o al menos intentarlo,... otra vez.
Ágilmente me levanto en el momento justo en el que recupero la movilidad. La hoja del cuarto choca contra el suelo mientras, en mis manos, aparecen las dos únicas razones por las que sigo con vida.
Dos espadas de hoja fina se mantienen empuñadas por mis manos. Dos armas que ni siquiera avisaron que llegaban. Un don para unos, una maldición para mí.
Giro sobre mi mismo bloqueando y asestando golpes mortales. La sangre sale disparada por los aires mientras que, el polvo que una vez me cubrió, forma la silueta de mis últimos movimientos.
Ojos morados, pelaje blanco y marcas azules. Siento que ya no soy Ryan Artic. Con cada enemigo que se desangra en el suelo, cae un pedazo del lobo ártico que una vez fui.
Un fénec, una salamandra, un caballo y un tigre, esos son los enemigos que intentaron acabar conmigo y que, ahora, yacen en el suelo. Sus cascos ruedan por el refugio, sus armas descansan lejos de ellos y sus cuerpos mueren.
Siento como un poder fluye por mi cuerpo, algo que jamás antes había sentido, me hace sentir demasiado bien. Unas esferas blancas y azules emergen de los cadáveres y acuden al filo de mis espadas, que parecen estar llamándolas.
Se lo que soy, en lo que el destino me ha convertido. En los tratados antiguos nos llaman Devoradores, elegidos por el dios dragón Val para recolectar las almas de los injustos. Inmortales hasta cumplir un destino que aun no me ha sido revelado. Las espadas deciden desaparecer cuando el combate se da por finalizado.
Tengo hambre pero no tengo tiempo para comer. Tengo sed pero no tengo ganas de beber. Egor acabó con mi familia y Val me maldijo para seguir con vida.
-Yo le daré muerte-susurro mientras cojo las riendas de uno de los cash de los hombres del sultán. Cabalgo sobre el animal durante unos minutos y la luna me desvela, una vez más, el camino hasta Alarac.
La ciudad se muestra frente a mí, con sus grandes edificios de piedra y barro. Como era de esperar los guardias atestan las entradas de la ciudad. Parecen haber transcurridos varios días desde que morí, pues la ciudad no se muestra igual.
Mis manos resplandecen embriagadas por un humo negro, no sé como pero empiezo a tele-transportarme una y otra vez. Las espadas gemelas emergen en mis manos, atravieso a los hombres del sultán como si fueran de mantequilla. Uno tras otro van abriéndome camino hasta el interior de Alarac.
No dan la alarma, pues no tienen tiempo para reaccionar. Me muevo a través de los tejados de las casas como si fuera un fantasma: sin ser visto, sin ser oído.
Siento como el poder que hay en mi interior crece con cada alma que mis armas devoran. No le doy importancia, obcecado por mi venganza llego hasta donde me había previsto.
Entro a través de la ventana a la casa de Egor, le atravieso con mis espadas y, antes de morir, consigue abrir los ojos. Lo único que puede ver son dos ojos morados que brillan en medio de una noche sangrienta. No sonrío, ni si quiera me alegro de haberle dado muerte, simplemente no siento nada.
Sobre su mesa hay un pergamino junto a unas bolsas repletas de monedas de oro. Me tomo unos minutos para leer mientras, el alma de mi enemigo fluye a través de mí.
“La riqueza de los Artic está creciendo junto a su fama. Calculo que si no cesan tendrán mucho más poder que el propio Sultán. No queremos una rebelión, no queremos ver expectativas de que Alarac se puede alzar por encima de su propio rey. Una vez nos pediste ayuda para agrandar tu imperio de alfombras y baratijas. Acaba con los Artic y tendrás la recompensa que mereces.
-El consejero-”
Mis ojos se clavan en el castillo, mis espadas desaparecen saciadas y mis manos se cubren por el humo negro que, segundos antes, me había cubierto. Suspiro, preparado para lo que se avecina. Una guerra donde estoy solo contra el ejército personal del sultán. No tengo nada que perder, pero muero de ganas por acabar con esto.
“Para vencer a la oscuridad, tengo que ser una sombra.
-Ryan Artic, Elegido de Val.”
Bueno por aquí os dejo lo último que escribí del nuevo Valrein. La historia ha cambiado radicalmente. Ahora no es un mundo repleto de magia, si no de oscuridad. Donde los elegidos de Val tienen que decidir que camino escoger.
Dibujo por
OterryHistoria por
NilPansesRyan Artic
loboarticoAGRADECEROS LA LECTURA. SI OS GUSTA ¡YA SABEIS! COMENTAR!!! ¿Y PORQUÉ NO? ¡FAVORITEAR!
¡UN SALUDO Y CUIDADO CON LAS SOMBRAS!
Category Story / General Furry Art
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Oh!! Muchas gracias!!! ^__^ Me alegro de que te guste ^__^
Para criticar el dibujo http://www.furaffinity.net/view/13336321/ por aquí. Espero tu comentario :P
Para criticar el dibujo http://www.furaffinity.net/view/13336321/ por aquí. Espero tu comentario :P
FA+
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