Capítulo 5: Shishi el León Blanco
El estadio de sumo era un edificio monumental, una estructura cerrada que parecía respirar por sí sola. Más de cien de asientos lo rodeaban en un círculo ascendente, como una montaña de madera y concreto vigilando el corazón del lugar: el dohyō.
En el centro, elevado sobre su plataforma de arcilla compactada, el dohyō parecía un altar. Había sido armado días antes, siguiendo el ritual tradicional: Machos de confianza, bajo la guía de los oyakata, lo construyeron con precisión. Lo purificaron con sal, sake y plegarias silenciosas. Todo rastro de mala energía debía quedar fuera. Era un círculo sagrado. Un terreno donde los cuerpos no solo luchaban. Crecían.
Pero ese día, el dohyō no estaba solo.
Ni en el ring, ni en las gradas.
Era uno de esos días especiales donde los distintos heya se reunían para entrenamientos conjuntos fuera de las heyas, los llamados degeiko y sanbangeiko. Todos estaban preparándose para el siguiente Basho del verano. Una cita que separaba a los fuertes de los aspirantes. Y todos lo sabían.
El recinto hervía con la actividad de docenas de rikishis, desde profesionales con años en la banzuke hasta novatos con el nervio a flor de piel buscando ascender de rango para cuando el basho terminara. Algunos entrenaban dentro del dohyo, otros esperaban su turno o practicaban fuera, formando pares en los pasillos laterales. Incluso había jóvenes, adolescentes e incluso niños de heya afiliados, que también competirían en sus propias clasificaciónes, repitiendo shiko con las piernas temblorosas, sudando bajo la mirada severa de los entrenadores.
El aire era denso, espeso, impregnado de vapor corporal, barro húmedo, sal y piel. Olor agrio, fuerte, profundamente masculino. Un sudor colectivo que parecía flotar como neblina sobre el suelo.
Pisadas fuertes retumbaban contra la tierra endurecida del dohyō. Gruñidos de esfuerzo, gritos secos de corrección, aplausos rituales para marcar el inicio de un combate, suspiros contenidos, resoplidos agónicos. Y por encima de todo, el ruido del choque: cuerpo contra cuerpo, mawashi contra mawashi. Impactos húmedos que hacían vibrar las costillas de quienes observaban.
Las gradas estaban parcialmente llenas. Observadores, entrenadores invitados, fotógrafos, algunos curiosos. Muchos tomaban nota. Otros solo callaban, observando con atención a los luchadores clave. Algunos ya eran favoritos para subir en el ranking. Otros apenas eran rumores.
Y entre ellos, destacando por tamaño, presencia y reputación, estaba Buchimaru.
De pie cerca del círculo, con los brazos cruzados sobre su torso sudoroso, contemplaba el ir y venir de los combates. Su cuerpo, envuelto en un mawashi blanco manchado por el entrenamiento, era como una fortaleza viva: grueso, velludo, pesado pero ágil. Cada gota de sudor que le resbalaba por el pecho parecía acentuar su autoridad. No tenía que hacer nada para ser notado. Solo estar.
Y como muchas veces antes... él no buscaba evitar las miradas.
Sabía que el verdadero combate empezaba antes de pisar el dohyō. En las miradas. En la tensión. En el olor del miedo que flotaba en el sudor ajeno.
Desde hacía rato, su mirada no se apartaba de Shishi.
Durante todo el entrenamiento no le había tocado enfrentarlo. El sorteo de emparejamientos no los había cruzado, pero eso no impidió que Buchimaru observara cada uno de sus movimientos con precisión quirúrgica. Su atención era obsesiva. No solo por lo que hacía Shishi, sino por cómo lo hacía: la forma en que se agachaba en el shikiri, la tensión elegante en su postura antes del tachiai, el modo en que avanzaba como una ola firme, sin brusquedad, sin arrogancia... y aun así, tiraba al suelo a rivales más pesados.
Ahora, mientras los combates de los adultos hacían una pausa, algunos de los rikishi de alto rango -como él mismo- descansaban en los bordes del dohyō, sentados sobre toallas húmedas o cojines de lona. El sudor les corría por los pechos y barrigas como lluvia caliente. Se oían resuellos graves, jadeos, botellas de agua agitada, el susurro de piel raspada con toallas.
Pero Buchimaru no se relajaba. Seguía mirando con el ceño fruncido, como si no pudiera apartar los ojos ni por un segundo.
Shishi se encontraba a unos metros, sentado con la espalda recta junto a su asistente, un joven chita ágil que lo atendía con devoción. Le secaba la melena perlada con una toalla blanca y limpia, mientras le ofrecía agua fresca entre combate y combate. El león albino del heya Tetsunose tenía una calma sobrenatural. No solo era elegante. Destacaba incluso sin moverse.
Su melena blanca, recogida con una cinta húmeda, goteaba sudor por las puntas. El olor que despedía era diferente al de los demás machos: no rancio, ni agrio, ni saturado de testosterona. Shishi exhalaba una fragancia más suave, espesa, acre y cálida... como vainilla salada y húmeda, un sudor con textura de deseo sutil. Vapor se alzaba de su piel cada vez que se inclinaba a tomar agua, cada vez que su torso se tensaba. Era un león noble, sí, pero también una bestia. Hecha de músculos, instinto salvaje controlado... y algo que Buchimaru no sabía nombrar.
Eso era lo que más lo descolocaba: cómo alguien con esa dulzura en la mirada podía derribar a sus oponentes con esa precisión. Sin perder ni una pizca de elegancia. Sin parecer jamás vulgar o brutal. Lo fascinaba. Y lo irritaba.
No sabía si quería medirse contra él o marcarlo de alguna manera. Pero sabía que quería tenerlo frente a frente.
Entonces, una voz cortó el aire:
-¡A preparar el dohyo para el intermedio! -anunció uno de los árbitros.
Era el momento lúdico del día. Una tradición antes y durante los grandes torneos: los clubes juveniles podían subir al ring y enfrentar, amistosamente, a sus ídolos profesionales. Una forma de honrar al sumo y sembrar la semilla en las generaciones futuras. El ambiente cambió. Los sonidos se volvieron más agudos, más alegres.
Y, como siempre, los gritos de los niños no se hicieron esperar:
-¡¡¡Con Shishi!!! ¡¡Yo quiero con Shishi!!
-¡Shishi, pelea conmigo!
Buchimaru apenas ladeó la cabeza. El ceño seguía marcado en su frente, como si no pudiera borrarse, incluso en reposo. Pero sus ojos... sus ojos brillaban distinto ahora. Había una chispa nueva, oculta tras la dureza de su mirada: mezcla de celos, desconcierto y algo más primitivo, más íntimo. Deseo, quizás. ¿Cómo lo hacía?
¿Cómo ese bastardo suave -porque así lo pensaba - lograba hipnotizarlos a todos?
Y ahora, incluso las cámaras lo enfocaban. Los fotógrafos se lo disputaban. Querían ese momento: el enorme rikishi león, amable, sonriente, acariciando la cabeza de un niño derrotado con ternura o levantando a un jovencito entre sus brazos como si no pesara nada. Flash, sonrisa, sudor brillante. Era la imagen perfecta para la portada del torneo en revistas y periódicos. El coloso benévolo. El rey del dohyō. Una figura que inspirará pasión.
Incluso cuando los combates eran entre los de mayor rango -una exhibición de fuerza y técnica donde los más curtidos se medían entre sí-, Shishi seguía brillando para todos.
Su estilo no era solo eficaz: era magnético. Cuando empujaba a alguien fuera del dohyō, cuando lograba un lanzamiento limpio o un desplazamiento por pura astucia de pies, no lo hacía con brutalidad, sino con una mezcla de precisión y arte que dejaba a todos en silencio... y luego enloquecía al público del entorno.
Pero lo más sorprendente ocurría después del combate.
Los otros rikishi, incluso de su mismo rango, no se alejaban de él con rencor, como sería común entre machos vencidos. Levantaban las manos. Lo tocaban. Buscaban su hombro, su espalda, incluso la base de su melena perlada, como si el contacto con él fuera una bendición secreta.
Eran como amantes desesperados, buscando que ese león les concediera una pieza de baile. Rogaban por su atención. Querían entrenar con él, desafiarlo, crear un vínculo apasionado a través del sumo, medir sus fuerzas cuerpo a cuerpo, sin palabras, solo con el lenguaje antiguo del combate.
El les sonreía con suavidad, les apretaba brevemente el antebrazo o el hombro, aceptando con sencillez los desafíos que brotaban no solo del cuerpo, sino del corazón de quienes buscaban enfrentarlo. Porque no lo hacían únicamente para medir fuerzas. Lo hacían para entregarse. Para ser parte de ese instante donde la lucha se vuelve vínculo.
A Buchimaru le irritaba sentirse igual que ellos, el también quería ahora buscarlo igual que los demás.
Buchimaru bajó la vista. Sus dedos apretaban con lentitud la botella plástica de agua, que crujió bajo su fuerza.
Shishi sonrió. Claro que lo esperaba. Como cada vez, los niños lo adoraban.
Querían luchar con su ídolo. Medirse con él, aunque fuera por segundos. Sentir su fuerza, su presencia. Luchar con todo lo que tenían. Y si eran vencidos -porque siempre lo eran-, lo disfrutaban igual. Perder contra Shishi no era una derrota era aprendizaje y para algunos algo más profundo.
Con un movimiento lento y firme, Shishi subió al dohyō sin mirar a quién le había tocado el turno. Le gustaban las sorpresas en el ring. Fingía concentración, la mirada baja, como si fuera a darlo todo. Pero no era arrogancia: era parte del ritual, parte del juego.
Le gustaba provocar. Le gustaba ver quién se quedaba y quién retrocedía.
Plantó los pies en la arcilla caliente, tomó aire profundo y levantó una pierna poderosa para ejecutar un shiko contundente, el golpe seco del pie resonando como un tambor. El polvo vibró. El sonido rebotó en las gradas. Luego lo repitió con la otra pierna, con igual solemnidad. Cada movimiento estaba medido, limpio, fuerte... intimidante.
Solo entonces levantó la mirada.
Y lo vio.
Frente a él, dirigiéndose también al centro el dohyō, estaba un mapache joven. No uno de los niños pequeños que solían pedirle combates por diversión. Este era distinto. Venía a medir su fuerza con el. Un muchacho, de complexión firme, con el cuerpo endurecido por el entrenamiento. Sus músculos ya tenían forma propia, los hombros anchos, el pecho en ascenso, las piernas bien plantadas. No era una especie conocida por su fuerza en el sumo, pero había algo en él que ardía.
Tenía el mawashi negro ceñido con fuerza a las caderas, y de su cuerpo emanaba ese aroma denso de juventud activa, entre el sudor dulce de la pubertad y el calor ácido del entrenamiento intenso. No era un olor maduro como el de los veteranos. Era más animal, más nuevo, más vivo.
Shishi sonrió.
Dio un paso al frente, y la luz del dohyō recorrió su torso sudado. Flexionó lentamente los pectorales, haciéndolos vibrar con fuerza medida, uno contra otro, como si probara sus propias armas antes del combate. Era un gesto juguetón, sí, pero también desafiante: una exhibición controlada de potencia. Una forma de decir sin palabras: esto es lo que enfrentas... ¿vas a dar la talla?
El joven lo observó. No dio un paso atrás. Rió con cierta timidez, pero su mirada no vacilaba. Se alzó, imitándolo. Alzó los brazos, flexionó los bíceps con torpeza, pero con convicción. Su cuerpo, aún en formación, se tensaba con voluntad. Aún sin la fuerza total de un adulto, ya había firmeza en sus músculos, fuego en sus ojos. Shishi lo reconoció al instante. El muchacho tenía el mismo fuego que el, que coincidencia.
El desafío había sido aceptado.
-¿Listo, campeón? -dijo Shishi con voz baja y firme, sin perder la sonrisa- Vas a tener que empujar con todo lo que tengas.
El joven asintió, firme. Shishi dio un par de palmadas fuertes a su mawashi, haciendo que el sonido se alzara por el aire, seco, vibrante. Una señal de que estaba listo.
Ambos bajaron al suelo. En posición.
Y el dohyō contuvo la tensión, como un tambor esperando el primer impacto.
La señal del árbitro cortó el aire.
¡Hajime!
El mapache cargó como un proyectil. Bajó su centro de gravedad, clavó los pies desnudos en la tierra y se lanzó de lleno contra el pecho húmedo del león. El choque fue directo, denso, sonoro. La piel de Shishi brillaba de sudor, caliente, . El torso del león absorbió el impacto como una muralla ardiente, y apenas retrocedió. Tomo al muchacho por los hombros y de un empujón firme y fuerte lo lanzo hacia atrás. El mapache se tambaleó un poco pero logro mantener el equilibrio evitando caer, no quería que la lucha terminara tan pronto, no lo permitiría.
-¡Eso es! -gruñó Shishi, los músculos vibrando, tensos como cuerdas mojadas-. ¡Otra vez!
El chico jadeó, los ojos encendidos. Regresó al choque con más fuerza. Esta vez, sus manos se aferraron al mawashi de Shishi con ansia. Los dedos se hundieron en la tela húmeda, resbalaron, buscaron control. Hundió el rostro contra el vientre del león, rozando con el hocico la piel sudada, el vello mojado, el calor vivo de un abdomen trabajado por la guerra de cuerpos.
Y entonces, giró el rostro, como por instinto.
Allí, en el hueco tibio de la axila, el adolescente se detuvo un instante.
Y aspiró.
El aroma denso, salado, profundamente masculino lo envolvió. Era sudor, piel, músculo, lucha. Era el olor de un guerrero. Cerró los ojos un segundo y respiró de nuevo, más hondo, como si se alimentara de ese olor. Pegado al cuerpo del león, dejó que su mejilla rozara la piel suave y velluda, completamente empapada.
El aroma de la axila era potente: sudor concentrado, calor de combate, sal y un poco de dulzor natural. Lo invadió como un golpe invisible. El chico tembló, pero no se apartó. Apretó más. Se pegó al cuerpo del león con una mezcla de reverencia y deseo.
Shishi no lo detuvo. Lo dejó estar. Lo dejó oler, tocar, empujar. Porque esto también era lucha. También era entrega.
-¿Quieres más? -susurró el león, con una sonrisa apenas curvada en sus labios, cargada de una promesa peligrosa-. Entonces, aguanta.
El mapache gruñó en respuesta. Rodeó al león con un impulso veloz y urgente, colándose por su flanco hasta pegarse a su espalda. Lo abrazó por la cintura con fuerza, el pecho subiendo y bajando con cada jadeo que escapaba de su hocico. Se aferro al mawashi, presionando su pecho contra la espalda húmeda de Shishi, sintiendo el calor irradiar desde esa columna viva de músculo y peso. Sus garras se aferraban desesperadamente, no solo por técnica, sino por el éxtasis de resistir..
El león bajó el centro de gravedad, lento, deliberado. El mapache tragó saliva. Sentía el latido en sus orejas, sus muslos tensos temblando por la presión.
Y entonces, llegó el primer impacto.
Con un movimiento seco y preciso de cadera, Shishi empujó hacia atrás. Sus glúteos -enormes, firmes, tensos como piedra viva- golpearon el torso del mapache con un impacto sordo que le robó el aliento y casi lo dejó sin base. El joven soltó un gemido ahogado, pero no soltó el agarre. Se aferró al mawashi con más fuerza, enterrando el rostro entre la espalda baja del león y la base de su cola. Podía olerlo, saborearlo, ser tragado por ese cuerpo que lo dominaba sin palabras.
Shishi se detuvo.
Una pausa breve, casi piadosa. Lo dejó sostenerse unos segundos más, sentir esa ilusión de resistencia. Y entonces, volvió a empujar.
El público a su alrededor reía y aplaudía. Era un espectáculo irresistible y cómico ver a dos rikishi con semejante diferencia de tamaños enfrentarse así. Pero para ellos dos, lo que ocurría en el centro del dohyō era algo mucho más íntimo. Más feroz.
El león lo llevó hasta el borde del dohyō, paso a paso. No usó la fuerza bruta ni violencia innecesaria. No hacía falta. Era un empuje constante, calculado, casi rítmico. Con cada avance lo hacía retroceder más. Los glúteos firmes del león empujaban hacia atrás con una precisión devastadora, obligando al joven a ceder, a retroceder, a sentir. El sudor entre ambos formaba una película cálida, densa, que hacía de cada contacto algo más íntimo que un simple forcejeo.
Finalmente, con una última sacudida de caderas, Shishi rompió el abrazo. El impacto fue como una explosión silenciosa.
El cuerpo del mapache salió despedido hacia atrás, como una cuerda que se tensa hasta el límite y luego se suelta. Voló casi un metro, antes de caer fuera del dohyō. Rodó sobre sí mismo una vez, con los brazos abiertos, sin defensa.
Un gemido profundo escapó de su garganta -roto, frustrado, pero cargado de una excitación imposible de esconder-. Un sonido tan físico como emocional, imposible de disimular.
Se quedó tendido allí. El cuerpo tembloroso, los músculos latiendo por dentro, el aliento a medio camino entre la risa y el sollozo. Nadie se burló. Nadie osó romper el aura que se había formado.
Shishi se giró. Se acercó. Lo miró desde arriba con fuego en los ojos. Y le tendió la mano.
-Vamos -dijo con suavidad-. Esto no acaba en una caída.
El joven la tomó, aún sin hablar, y Shishi lo levantó con un solo tirón. Lo alzó del polvo directamente hasta su torso, con una facilidad casi paterna. Quedaron muy cerca. Casi un abrazo.
El muchacho quedó de pie frente a él, apenas alcanzándole al pecho. Su cabeza inclinada hacia arriba, respirando el mismo vapor espeso que exhalaba el león. El contraste de tamaños era evidente, pero también lo era la conexión.
Shishi lo sujetaba con firmeza por los hombros, aún sudorosos. Sus manos grandes, curtidas, lo palparon con cuidado -ya no para derribarlo, sino para sostenerlo-. Como si quisiera memorizar la forma exacta de ese cuerpo joven que aún vibraba bajo sus dedos. Un gesto protector, pero no del todo inocente. Cálido. Cargado de algo más.
-Tienes garra, muchacho -murmuró Shishi, con la voz más baja, más honda, más cercana al consejo de un mentor-. Nunca la pierdas. Nunca.
El chico asintió, sin poder hablar. Sus ojos ardían. Su cuerpo entero latía.
Shishi entonces ladeó un poco la cabeza, sin soltarle aún.
-¿Cuál es tu nombre?
El mapache respiró hondo, tragó saliva.
-Mao -respondió, apenas audible, mirando hacia arriba con los ojos muy abiertos.
Shishi repitió el nombre en voz baja, casi probándolo en su boca.
-Mao... -y luego sonrió, apenas-. Lo recordaré.
Mao seguía sonrojado. Un rubor intenso le cruzaba las mejillas, el cuello, incluso la raíz de las orejas. Esperaba -necesitaba- que los demás creyeran que era por el esfuerzo del combate, por la tensión física, por la adrenalina.
Pero Shishi lo sabía. Lo sentía. Ese calor no venía solo del cansancio... sino de otra llama más profunda. No dijo nada. Era su secreto. Y en ese secreto, eran iguales.
Shishi, con un gesto espontáneo y lleno de calor, atrajo a Mao hacia su torso y lo envolvió en un abrazo firme, protector, casi ceremonioso. Su cuerpo sudoroso lo cubrió por completo, como un escudo cálido y tembloroso. El león lo sostuvo unos segundos así, compartiendo con él no solo su fuerza, sino también el reconocimiento.
Estallaron vítores.
Desde las gradas, desde los pasillos, desde los rincones donde otros jóvenes observaban con los ojos brillantes, surgieron aplausos y exclamaciones emocionadas. Varios fotógrafos, atentos a cada detalle del encuentro, capturaron la imagen: el león de melena perlada abrazando al joven mapache bajo la luz cálida del dohyō, como una postal de nobleza, esfuerzo y algo más íntimo y privado que solo muy pocos notarían.
Una escena hermosa. Un instante que quedaría grabado en más de una memoria.
Shishi finalmente aflojó el abrazo. Palmeó con suavidad la espalda de Mao antes de dejarlo ir, y el muchacho, aún sonrojado, regresó a su grupo entre suspiros y miradas asombradas.
Pero el entrenamiento no se detenía.
Shishi regresó al centro del dohyō sin perder el ritmo, su cuerpo aún brillando de sudor, su expresión encendida pero concentrada. Ya lo esperaban otros jóvenes, nuevos aspirantes a probarse contra él. Y el león no se hizo esperar.
Se colocó en posición, flexionó el cuello, hizo crujir los dedos. Sonrió.
-¿Quién sigue?
Desde el borde del dohyō, Buchimaru lo observaba. El pecho desnudo, cubierto de sudor. Los brazos cruzados, pero los dedos crispados. Algo en su interior ardía. Pudo captarlo... El fuego. Conocía ese fuego. Había visto cómo se le encendían los ojos. Cómo se tensaban los músculos. Cómo lo disfrutaba. Él también sabía lo que era excitarse con la lucha. Desear a quien te empuja. Quemarse por quien te resiste.
Ese mapache enano también era como éllos...
Vio ese fuego precoz en su forma de aferrarse, de hundirse en el cuerpo del león, de respirar hondo como si el sudor de Shishi fuera combustible. Incluso parecía que lo disfrutó de más.
Bien por él... Sería interesante enfrentarlo también...
Pero no.
A Buchimaru, un rikishi de ese nivel no le interesaba como contrincante. No era rival. Solo sería un entretenimiento. No era un reto.
El que le interesaba ahora... era Shishi.
Era esa forma en que Shishi luchaba... Donde Buchimaru marcaba con fuerza, el león acariciaba con los golpes. Donde él imponía, Shishi invitaba. Donde él dominaba, Shishi seducía con cada fibra muscular, con cada empuje, con cada contacto.
Y en esa entrega, en esa forma de encender a quien lo enfrentaba, había algo que incluso Buchimaru no podía ignorar..
El sudor de Shishi flotaba aún en el aire. Espeso. Cálido. Dulce. Y Buchimaru lo saboreaba desde la distancia.
El entrenamiento comenzaba a terminar. El sudor impregnaba aún el aire del estadio, pero los cuerpos ya se retiraban, envueltos en toallas o caminando lentos hacia los vestidores del estadio. Las voces se apagaban, el ambiente se aflojaba. Solo Buchimaru no se había movido. Esperó. Observó.
Shishi tardó en salir. Siempre era de los últimos. Se tomaba el tiempo para recoger las cuerdas, enderezar la arena, limpiar el espacio sagrado.
Cuando por fin lo vio caminar solo hacia los pasillos que llevaban a los vestidores, Buchimaru se incorporó y lo siguió.
-¿Vas al vestidor? -preguntó, con un tono neutro, pero los ojos encendidos-. Te acompaño...
Shishi volteó, con su melena algo empapada, la toalla colgando del cuello. Parpadeó un momento, sorprendido por la cercanía repentina del otro.
-Hola... claro -respondió, sin perder la cortesía-. Soy Shishi. Tú eres Buchimaru, ¿cierto? Te he visto en televisión, luchas genial, eres muy imponente.
Buchimaru sonrió levemente, pero no era una sonrisa amable. Era más bien afilada, como un colmillo contenido.
-Lo mismo digo... Aunque tal vez te falta más furia.
Shishi alzó una ceja, curioso.
-Yo -continuó Buchimaru, sin bajar la voz, avanzando un paso más en el pasillo estrecho-, yo hubiera aniquilado a ese mapache. No hay oponentes pequeños. Hay que luchar con todas tus fuerzas, sin importar quién sea. En el sumo no hay categorías, ¿sabes? Si vas a subir al dohyō, es para morir o dominar. No hay más.
Shishi no respondió aún. Solo lo miraba. Su pecho se alzaba lento por la respiración. Estaba atento.
-Yo le habría hecho un Uwatedashinage, ¿te suena? Proyección con agarre exterior. Lo tomas del mawashi, lo jalas como si le arrancaras el alma... y luego lo aplastas con tu cuerpo. Un mapache no es precisamente una especie que se vea mucho en esto. Y tampoco creo que llegue lejos.
Shishi frunció apenas el ceño, aunque su tono seguía tranquilo.
-Y sin embargo luchó. Subió. Lo dio todo. Eso ya lo hace un rival dignó.
Buchimaru gruñó suavemente. Apreciaba la dignidad, pero no la compartía del todo. Aún así decidió ignorar eso.
Shishi, ya había recibido un rango oficial como Buchimaru, los dos eran promesas del Sumo. El mawashi blanco que llevaba -ajustado, limpio, inmaculado incluso después del combate- era prueba de su ascenso reciente. Todavía conservaba algo sagrado en su forma de luchar, casi ceremonial. Un respeto que contrastaba con el tono amarillento del mawashi de Buchimaru, curtido por los años, por el sudor, por la violencia. Por la fama.
Buchimaru era conocido. Adorado por unos, odiado por muchos. Su estilo brutal, físico, agresivo, no era del agrado de los puristas. Pero nadie lo ignoraba.
Buchimaru dio otro paso, ya muy cerca.
-No estaría mal enfrentarnos.
La voz de Buchimaru fue apenas un murmullo grave, cargado de peso y sombra. Casi un rugido bajo, salido de lo más profundo del pecho.
-Tú y yo. Nada de árbitros. Nada de testigos. Algo en privado...
Shishi lo miró.
No respondió al instante. Solo sostuvo la mirada. No había sorpresa en sus ojos, solo una calma densa, como la de alguien que ya había presentido ese momento desde antes.
-¿Por qué? -preguntó al fin. Su tono era tranquilo, pero había un filo oculto en la pregunta.
Buchimaru no tardó en responder. No dudaba. No se contenía.
-Porque tú luchas con fuego en el cuerpo, igual que yo. Lo vi. Lo sentí desde que entraste a ese dohyō.
-Y cuando peleaste con el mocoso -continuó, acercándose medio paso más-, no fue solo técnica. Fue deseo. Intencionalmente lo encendiste. Por qué el enano también es como nosotros, jugaste con su instinto. Y lo disfrutaste.
Shishi tensó el cuello, pero no habló.
-No me puedes negar que no lo sentiste -murmuró Buchimaru, más bajo aún, casi ronroneando-. El chico ardía por ti. Se te aferraba. Te olía. Te sentía. Y tú no lo apartaste. Lo envolviste. Le diste calor. Lo dejaste perderse en ti.
Hizo una pausa.
-Estoy seguro de que esta noche... el pequeño bastardo te dedicará una buena paja. -soltó una risa seca, cruda, sin suavidad-. Y tú vas a pensar en eso. Porque lo provocaste. Porque te gusta.
El silencio entre ambos era espeso, cargado.
-Pero lo que realmente me interesa -añadió, con la voz ahora más grave- es que no era a él a quien querías encender. Era a mí.
Shishi no desvió la mirada.
-Desde el borde del dohyō -dijo-. No mirabas al chico. Me mirabas a mí... También te note desde el principio, si.
Buchimaru sonrió. No como un gesto amable. Era una confesión descarada. Un reconocimiento de poder. De deseo.
Inclinó apenas la cabeza, como si pensara marcar la piel ajena con la frente, como si quisiera olerlo. Su voz bajó aún más, casi ronroneante.
-Claro que te miraba.
Su mirada recorrió el cuerpo del león, sin prisa, sin pudor.
-Ese cuerpo tuyo... tan firme, tan templado, pero aún suave. Tu melena recogida. Ese mawashi blanco. Tan limpio. Tan puro. Me daban ganas de ensuciarlo. De hacerlo sudar contra el mío. De verte deslizarte sobre la tierra... debajo de mí. O tal vez encima.
El silencio se volvió espeso como el vapor del pasillo.
-Podríamos divertirnos juntos -murmuró, más cerca que nunca-. Luchar de verdad. Con fuerza. Con todo. Hasta que no quede aire. Hasta que uno ceda el cuerpo... o lo reclame. Tú sabes a qué me refiero...
Shishi no se movía. Pero su pecho subía y bajaba. Lento. Encendido.
El eco de sus pasos había cesado.
Ambos se detuvieron en seco. El pasillo de concreto que conectaba con los vestidores estaba envuelto en vapor, tibio, cargado de humedad y olor a piel. Ya habían llegado. Las puertas estaban entreabiertas. Al otro lado, la penumbra y el vapor lo llenaban todo.
Buchimaru ya lo sabía: a esa hora, los demás se habían ido. Lo había calculado. Lo había deseado. Estaban solos.
El mundo se reducía a la respiración de dos cuerpos. La suya, profunda y contenida. La de Shishi, algo más rápida, más tensa. Como la de alguien que no da un paso atrás... pero sabe que está a punto de cruzar un umbral.
Y aún les escurría el sudor. A ambos.
Pero no por el entrenamiento ya.
Era por otra clase de tensión.
Una que se adhiere a la piel. Que se acumula en los poros. Que late en los pliegues del mawashi y en el roce apenas perceptible de los cuerpos grandes que se miran, que se estudian, que se desean.
Buchimaru sonrió, apenas. Dio el primer paso hacia el umbral del vestidor que comprobó como imaginaba ya estaba vacío.
-¿Vienes...?
El estadio de sumo era un edificio monumental, una estructura cerrada que parecía respirar por sí sola. Más de cien de asientos lo rodeaban en un círculo ascendente, como una montaña de madera y concreto vigilando el corazón del lugar: el dohyō.
En el centro, elevado sobre su plataforma de arcilla compactada, el dohyō parecía un altar. Había sido armado días antes, siguiendo el ritual tradicional: Machos de confianza, bajo la guía de los oyakata, lo construyeron con precisión. Lo purificaron con sal, sake y plegarias silenciosas. Todo rastro de mala energía debía quedar fuera. Era un círculo sagrado. Un terreno donde los cuerpos no solo luchaban. Crecían.
Pero ese día, el dohyō no estaba solo.
Ni en el ring, ni en las gradas.
Era uno de esos días especiales donde los distintos heya se reunían para entrenamientos conjuntos fuera de las heyas, los llamados degeiko y sanbangeiko. Todos estaban preparándose para el siguiente Basho del verano. Una cita que separaba a los fuertes de los aspirantes. Y todos lo sabían.
El recinto hervía con la actividad de docenas de rikishis, desde profesionales con años en la banzuke hasta novatos con el nervio a flor de piel buscando ascender de rango para cuando el basho terminara. Algunos entrenaban dentro del dohyo, otros esperaban su turno o practicaban fuera, formando pares en los pasillos laterales. Incluso había jóvenes, adolescentes e incluso niños de heya afiliados, que también competirían en sus propias clasificaciónes, repitiendo shiko con las piernas temblorosas, sudando bajo la mirada severa de los entrenadores.
El aire era denso, espeso, impregnado de vapor corporal, barro húmedo, sal y piel. Olor agrio, fuerte, profundamente masculino. Un sudor colectivo que parecía flotar como neblina sobre el suelo.
Pisadas fuertes retumbaban contra la tierra endurecida del dohyō. Gruñidos de esfuerzo, gritos secos de corrección, aplausos rituales para marcar el inicio de un combate, suspiros contenidos, resoplidos agónicos. Y por encima de todo, el ruido del choque: cuerpo contra cuerpo, mawashi contra mawashi. Impactos húmedos que hacían vibrar las costillas de quienes observaban.
Las gradas estaban parcialmente llenas. Observadores, entrenadores invitados, fotógrafos, algunos curiosos. Muchos tomaban nota. Otros solo callaban, observando con atención a los luchadores clave. Algunos ya eran favoritos para subir en el ranking. Otros apenas eran rumores.
Y entre ellos, destacando por tamaño, presencia y reputación, estaba Buchimaru.
De pie cerca del círculo, con los brazos cruzados sobre su torso sudoroso, contemplaba el ir y venir de los combates. Su cuerpo, envuelto en un mawashi blanco manchado por el entrenamiento, era como una fortaleza viva: grueso, velludo, pesado pero ágil. Cada gota de sudor que le resbalaba por el pecho parecía acentuar su autoridad. No tenía que hacer nada para ser notado. Solo estar.
Y como muchas veces antes... él no buscaba evitar las miradas.
Sabía que el verdadero combate empezaba antes de pisar el dohyō. En las miradas. En la tensión. En el olor del miedo que flotaba en el sudor ajeno.
Desde hacía rato, su mirada no se apartaba de Shishi.
Durante todo el entrenamiento no le había tocado enfrentarlo. El sorteo de emparejamientos no los había cruzado, pero eso no impidió que Buchimaru observara cada uno de sus movimientos con precisión quirúrgica. Su atención era obsesiva. No solo por lo que hacía Shishi, sino por cómo lo hacía: la forma en que se agachaba en el shikiri, la tensión elegante en su postura antes del tachiai, el modo en que avanzaba como una ola firme, sin brusquedad, sin arrogancia... y aun así, tiraba al suelo a rivales más pesados.
Ahora, mientras los combates de los adultos hacían una pausa, algunos de los rikishi de alto rango -como él mismo- descansaban en los bordes del dohyō, sentados sobre toallas húmedas o cojines de lona. El sudor les corría por los pechos y barrigas como lluvia caliente. Se oían resuellos graves, jadeos, botellas de agua agitada, el susurro de piel raspada con toallas.
Pero Buchimaru no se relajaba. Seguía mirando con el ceño fruncido, como si no pudiera apartar los ojos ni por un segundo.
Shishi se encontraba a unos metros, sentado con la espalda recta junto a su asistente, un joven chita ágil que lo atendía con devoción. Le secaba la melena perlada con una toalla blanca y limpia, mientras le ofrecía agua fresca entre combate y combate. El león albino del heya Tetsunose tenía una calma sobrenatural. No solo era elegante. Destacaba incluso sin moverse.
Su melena blanca, recogida con una cinta húmeda, goteaba sudor por las puntas. El olor que despedía era diferente al de los demás machos: no rancio, ni agrio, ni saturado de testosterona. Shishi exhalaba una fragancia más suave, espesa, acre y cálida... como vainilla salada y húmeda, un sudor con textura de deseo sutil. Vapor se alzaba de su piel cada vez que se inclinaba a tomar agua, cada vez que su torso se tensaba. Era un león noble, sí, pero también una bestia. Hecha de músculos, instinto salvaje controlado... y algo que Buchimaru no sabía nombrar.
Eso era lo que más lo descolocaba: cómo alguien con esa dulzura en la mirada podía derribar a sus oponentes con esa precisión. Sin perder ni una pizca de elegancia. Sin parecer jamás vulgar o brutal. Lo fascinaba. Y lo irritaba.
No sabía si quería medirse contra él o marcarlo de alguna manera. Pero sabía que quería tenerlo frente a frente.
Entonces, una voz cortó el aire:
-¡A preparar el dohyo para el intermedio! -anunció uno de los árbitros.
Era el momento lúdico del día. Una tradición antes y durante los grandes torneos: los clubes juveniles podían subir al ring y enfrentar, amistosamente, a sus ídolos profesionales. Una forma de honrar al sumo y sembrar la semilla en las generaciones futuras. El ambiente cambió. Los sonidos se volvieron más agudos, más alegres.
Y, como siempre, los gritos de los niños no se hicieron esperar:
-¡¡¡Con Shishi!!! ¡¡Yo quiero con Shishi!!
-¡Shishi, pelea conmigo!
Buchimaru apenas ladeó la cabeza. El ceño seguía marcado en su frente, como si no pudiera borrarse, incluso en reposo. Pero sus ojos... sus ojos brillaban distinto ahora. Había una chispa nueva, oculta tras la dureza de su mirada: mezcla de celos, desconcierto y algo más primitivo, más íntimo. Deseo, quizás. ¿Cómo lo hacía?
¿Cómo ese bastardo suave -porque así lo pensaba - lograba hipnotizarlos a todos?
Y ahora, incluso las cámaras lo enfocaban. Los fotógrafos se lo disputaban. Querían ese momento: el enorme rikishi león, amable, sonriente, acariciando la cabeza de un niño derrotado con ternura o levantando a un jovencito entre sus brazos como si no pesara nada. Flash, sonrisa, sudor brillante. Era la imagen perfecta para la portada del torneo en revistas y periódicos. El coloso benévolo. El rey del dohyō. Una figura que inspirará pasión.
Incluso cuando los combates eran entre los de mayor rango -una exhibición de fuerza y técnica donde los más curtidos se medían entre sí-, Shishi seguía brillando para todos.
Su estilo no era solo eficaz: era magnético. Cuando empujaba a alguien fuera del dohyō, cuando lograba un lanzamiento limpio o un desplazamiento por pura astucia de pies, no lo hacía con brutalidad, sino con una mezcla de precisión y arte que dejaba a todos en silencio... y luego enloquecía al público del entorno.
Pero lo más sorprendente ocurría después del combate.
Los otros rikishi, incluso de su mismo rango, no se alejaban de él con rencor, como sería común entre machos vencidos. Levantaban las manos. Lo tocaban. Buscaban su hombro, su espalda, incluso la base de su melena perlada, como si el contacto con él fuera una bendición secreta.
Eran como amantes desesperados, buscando que ese león les concediera una pieza de baile. Rogaban por su atención. Querían entrenar con él, desafiarlo, crear un vínculo apasionado a través del sumo, medir sus fuerzas cuerpo a cuerpo, sin palabras, solo con el lenguaje antiguo del combate.
El les sonreía con suavidad, les apretaba brevemente el antebrazo o el hombro, aceptando con sencillez los desafíos que brotaban no solo del cuerpo, sino del corazón de quienes buscaban enfrentarlo. Porque no lo hacían únicamente para medir fuerzas. Lo hacían para entregarse. Para ser parte de ese instante donde la lucha se vuelve vínculo.
A Buchimaru le irritaba sentirse igual que ellos, el también quería ahora buscarlo igual que los demás.
Buchimaru bajó la vista. Sus dedos apretaban con lentitud la botella plástica de agua, que crujió bajo su fuerza.
Shishi sonrió. Claro que lo esperaba. Como cada vez, los niños lo adoraban.
Querían luchar con su ídolo. Medirse con él, aunque fuera por segundos. Sentir su fuerza, su presencia. Luchar con todo lo que tenían. Y si eran vencidos -porque siempre lo eran-, lo disfrutaban igual. Perder contra Shishi no era una derrota era aprendizaje y para algunos algo más profundo.
Con un movimiento lento y firme, Shishi subió al dohyō sin mirar a quién le había tocado el turno. Le gustaban las sorpresas en el ring. Fingía concentración, la mirada baja, como si fuera a darlo todo. Pero no era arrogancia: era parte del ritual, parte del juego.
Le gustaba provocar. Le gustaba ver quién se quedaba y quién retrocedía.
Plantó los pies en la arcilla caliente, tomó aire profundo y levantó una pierna poderosa para ejecutar un shiko contundente, el golpe seco del pie resonando como un tambor. El polvo vibró. El sonido rebotó en las gradas. Luego lo repitió con la otra pierna, con igual solemnidad. Cada movimiento estaba medido, limpio, fuerte... intimidante.
Solo entonces levantó la mirada.
Y lo vio.
Frente a él, dirigiéndose también al centro el dohyō, estaba un mapache joven. No uno de los niños pequeños que solían pedirle combates por diversión. Este era distinto. Venía a medir su fuerza con el. Un muchacho, de complexión firme, con el cuerpo endurecido por el entrenamiento. Sus músculos ya tenían forma propia, los hombros anchos, el pecho en ascenso, las piernas bien plantadas. No era una especie conocida por su fuerza en el sumo, pero había algo en él que ardía.
Tenía el mawashi negro ceñido con fuerza a las caderas, y de su cuerpo emanaba ese aroma denso de juventud activa, entre el sudor dulce de la pubertad y el calor ácido del entrenamiento intenso. No era un olor maduro como el de los veteranos. Era más animal, más nuevo, más vivo.
Shishi sonrió.
Dio un paso al frente, y la luz del dohyō recorrió su torso sudado. Flexionó lentamente los pectorales, haciéndolos vibrar con fuerza medida, uno contra otro, como si probara sus propias armas antes del combate. Era un gesto juguetón, sí, pero también desafiante: una exhibición controlada de potencia. Una forma de decir sin palabras: esto es lo que enfrentas... ¿vas a dar la talla?
El joven lo observó. No dio un paso atrás. Rió con cierta timidez, pero su mirada no vacilaba. Se alzó, imitándolo. Alzó los brazos, flexionó los bíceps con torpeza, pero con convicción. Su cuerpo, aún en formación, se tensaba con voluntad. Aún sin la fuerza total de un adulto, ya había firmeza en sus músculos, fuego en sus ojos. Shishi lo reconoció al instante. El muchacho tenía el mismo fuego que el, que coincidencia.
El desafío había sido aceptado.
-¿Listo, campeón? -dijo Shishi con voz baja y firme, sin perder la sonrisa- Vas a tener que empujar con todo lo que tengas.
El joven asintió, firme. Shishi dio un par de palmadas fuertes a su mawashi, haciendo que el sonido se alzara por el aire, seco, vibrante. Una señal de que estaba listo.
Ambos bajaron al suelo. En posición.
Y el dohyō contuvo la tensión, como un tambor esperando el primer impacto.
La señal del árbitro cortó el aire.
¡Hajime!
El mapache cargó como un proyectil. Bajó su centro de gravedad, clavó los pies desnudos en la tierra y se lanzó de lleno contra el pecho húmedo del león. El choque fue directo, denso, sonoro. La piel de Shishi brillaba de sudor, caliente, . El torso del león absorbió el impacto como una muralla ardiente, y apenas retrocedió. Tomo al muchacho por los hombros y de un empujón firme y fuerte lo lanzo hacia atrás. El mapache se tambaleó un poco pero logro mantener el equilibrio evitando caer, no quería que la lucha terminara tan pronto, no lo permitiría.
-¡Eso es! -gruñó Shishi, los músculos vibrando, tensos como cuerdas mojadas-. ¡Otra vez!
El chico jadeó, los ojos encendidos. Regresó al choque con más fuerza. Esta vez, sus manos se aferraron al mawashi de Shishi con ansia. Los dedos se hundieron en la tela húmeda, resbalaron, buscaron control. Hundió el rostro contra el vientre del león, rozando con el hocico la piel sudada, el vello mojado, el calor vivo de un abdomen trabajado por la guerra de cuerpos.
Y entonces, giró el rostro, como por instinto.
Allí, en el hueco tibio de la axila, el adolescente se detuvo un instante.
Y aspiró.
El aroma denso, salado, profundamente masculino lo envolvió. Era sudor, piel, músculo, lucha. Era el olor de un guerrero. Cerró los ojos un segundo y respiró de nuevo, más hondo, como si se alimentara de ese olor. Pegado al cuerpo del león, dejó que su mejilla rozara la piel suave y velluda, completamente empapada.
El aroma de la axila era potente: sudor concentrado, calor de combate, sal y un poco de dulzor natural. Lo invadió como un golpe invisible. El chico tembló, pero no se apartó. Apretó más. Se pegó al cuerpo del león con una mezcla de reverencia y deseo.
Shishi no lo detuvo. Lo dejó estar. Lo dejó oler, tocar, empujar. Porque esto también era lucha. También era entrega.
-¿Quieres más? -susurró el león, con una sonrisa apenas curvada en sus labios, cargada de una promesa peligrosa-. Entonces, aguanta.
El mapache gruñó en respuesta. Rodeó al león con un impulso veloz y urgente, colándose por su flanco hasta pegarse a su espalda. Lo abrazó por la cintura con fuerza, el pecho subiendo y bajando con cada jadeo que escapaba de su hocico. Se aferro al mawashi, presionando su pecho contra la espalda húmeda de Shishi, sintiendo el calor irradiar desde esa columna viva de músculo y peso. Sus garras se aferraban desesperadamente, no solo por técnica, sino por el éxtasis de resistir..
El león bajó el centro de gravedad, lento, deliberado. El mapache tragó saliva. Sentía el latido en sus orejas, sus muslos tensos temblando por la presión.
Y entonces, llegó el primer impacto.
Con un movimiento seco y preciso de cadera, Shishi empujó hacia atrás. Sus glúteos -enormes, firmes, tensos como piedra viva- golpearon el torso del mapache con un impacto sordo que le robó el aliento y casi lo dejó sin base. El joven soltó un gemido ahogado, pero no soltó el agarre. Se aferró al mawashi con más fuerza, enterrando el rostro entre la espalda baja del león y la base de su cola. Podía olerlo, saborearlo, ser tragado por ese cuerpo que lo dominaba sin palabras.
Shishi se detuvo.
Una pausa breve, casi piadosa. Lo dejó sostenerse unos segundos más, sentir esa ilusión de resistencia. Y entonces, volvió a empujar.
El público a su alrededor reía y aplaudía. Era un espectáculo irresistible y cómico ver a dos rikishi con semejante diferencia de tamaños enfrentarse así. Pero para ellos dos, lo que ocurría en el centro del dohyō era algo mucho más íntimo. Más feroz.
El león lo llevó hasta el borde del dohyō, paso a paso. No usó la fuerza bruta ni violencia innecesaria. No hacía falta. Era un empuje constante, calculado, casi rítmico. Con cada avance lo hacía retroceder más. Los glúteos firmes del león empujaban hacia atrás con una precisión devastadora, obligando al joven a ceder, a retroceder, a sentir. El sudor entre ambos formaba una película cálida, densa, que hacía de cada contacto algo más íntimo que un simple forcejeo.
Finalmente, con una última sacudida de caderas, Shishi rompió el abrazo. El impacto fue como una explosión silenciosa.
El cuerpo del mapache salió despedido hacia atrás, como una cuerda que se tensa hasta el límite y luego se suelta. Voló casi un metro, antes de caer fuera del dohyō. Rodó sobre sí mismo una vez, con los brazos abiertos, sin defensa.
Un gemido profundo escapó de su garganta -roto, frustrado, pero cargado de una excitación imposible de esconder-. Un sonido tan físico como emocional, imposible de disimular.
Se quedó tendido allí. El cuerpo tembloroso, los músculos latiendo por dentro, el aliento a medio camino entre la risa y el sollozo. Nadie se burló. Nadie osó romper el aura que se había formado.
Shishi se giró. Se acercó. Lo miró desde arriba con fuego en los ojos. Y le tendió la mano.
-Vamos -dijo con suavidad-. Esto no acaba en una caída.
El joven la tomó, aún sin hablar, y Shishi lo levantó con un solo tirón. Lo alzó del polvo directamente hasta su torso, con una facilidad casi paterna. Quedaron muy cerca. Casi un abrazo.
El muchacho quedó de pie frente a él, apenas alcanzándole al pecho. Su cabeza inclinada hacia arriba, respirando el mismo vapor espeso que exhalaba el león. El contraste de tamaños era evidente, pero también lo era la conexión.
Shishi lo sujetaba con firmeza por los hombros, aún sudorosos. Sus manos grandes, curtidas, lo palparon con cuidado -ya no para derribarlo, sino para sostenerlo-. Como si quisiera memorizar la forma exacta de ese cuerpo joven que aún vibraba bajo sus dedos. Un gesto protector, pero no del todo inocente. Cálido. Cargado de algo más.
-Tienes garra, muchacho -murmuró Shishi, con la voz más baja, más honda, más cercana al consejo de un mentor-. Nunca la pierdas. Nunca.
El chico asintió, sin poder hablar. Sus ojos ardían. Su cuerpo entero latía.
Shishi entonces ladeó un poco la cabeza, sin soltarle aún.
-¿Cuál es tu nombre?
El mapache respiró hondo, tragó saliva.
-Mao -respondió, apenas audible, mirando hacia arriba con los ojos muy abiertos.
Shishi repitió el nombre en voz baja, casi probándolo en su boca.
-Mao... -y luego sonrió, apenas-. Lo recordaré.
Mao seguía sonrojado. Un rubor intenso le cruzaba las mejillas, el cuello, incluso la raíz de las orejas. Esperaba -necesitaba- que los demás creyeran que era por el esfuerzo del combate, por la tensión física, por la adrenalina.
Pero Shishi lo sabía. Lo sentía. Ese calor no venía solo del cansancio... sino de otra llama más profunda. No dijo nada. Era su secreto. Y en ese secreto, eran iguales.
Shishi, con un gesto espontáneo y lleno de calor, atrajo a Mao hacia su torso y lo envolvió en un abrazo firme, protector, casi ceremonioso. Su cuerpo sudoroso lo cubrió por completo, como un escudo cálido y tembloroso. El león lo sostuvo unos segundos así, compartiendo con él no solo su fuerza, sino también el reconocimiento.
Estallaron vítores.
Desde las gradas, desde los pasillos, desde los rincones donde otros jóvenes observaban con los ojos brillantes, surgieron aplausos y exclamaciones emocionadas. Varios fotógrafos, atentos a cada detalle del encuentro, capturaron la imagen: el león de melena perlada abrazando al joven mapache bajo la luz cálida del dohyō, como una postal de nobleza, esfuerzo y algo más íntimo y privado que solo muy pocos notarían.
Una escena hermosa. Un instante que quedaría grabado en más de una memoria.
Shishi finalmente aflojó el abrazo. Palmeó con suavidad la espalda de Mao antes de dejarlo ir, y el muchacho, aún sonrojado, regresó a su grupo entre suspiros y miradas asombradas.
Pero el entrenamiento no se detenía.
Shishi regresó al centro del dohyō sin perder el ritmo, su cuerpo aún brillando de sudor, su expresión encendida pero concentrada. Ya lo esperaban otros jóvenes, nuevos aspirantes a probarse contra él. Y el león no se hizo esperar.
Se colocó en posición, flexionó el cuello, hizo crujir los dedos. Sonrió.
-¿Quién sigue?
Desde el borde del dohyō, Buchimaru lo observaba. El pecho desnudo, cubierto de sudor. Los brazos cruzados, pero los dedos crispados. Algo en su interior ardía. Pudo captarlo... El fuego. Conocía ese fuego. Había visto cómo se le encendían los ojos. Cómo se tensaban los músculos. Cómo lo disfrutaba. Él también sabía lo que era excitarse con la lucha. Desear a quien te empuja. Quemarse por quien te resiste.
Ese mapache enano también era como éllos...
Vio ese fuego precoz en su forma de aferrarse, de hundirse en el cuerpo del león, de respirar hondo como si el sudor de Shishi fuera combustible. Incluso parecía que lo disfrutó de más.
Bien por él... Sería interesante enfrentarlo también...
Pero no.
A Buchimaru, un rikishi de ese nivel no le interesaba como contrincante. No era rival. Solo sería un entretenimiento. No era un reto.
El que le interesaba ahora... era Shishi.
Era esa forma en que Shishi luchaba... Donde Buchimaru marcaba con fuerza, el león acariciaba con los golpes. Donde él imponía, Shishi invitaba. Donde él dominaba, Shishi seducía con cada fibra muscular, con cada empuje, con cada contacto.
Y en esa entrega, en esa forma de encender a quien lo enfrentaba, había algo que incluso Buchimaru no podía ignorar..
El sudor de Shishi flotaba aún en el aire. Espeso. Cálido. Dulce. Y Buchimaru lo saboreaba desde la distancia.
El entrenamiento comenzaba a terminar. El sudor impregnaba aún el aire del estadio, pero los cuerpos ya se retiraban, envueltos en toallas o caminando lentos hacia los vestidores del estadio. Las voces se apagaban, el ambiente se aflojaba. Solo Buchimaru no se había movido. Esperó. Observó.
Shishi tardó en salir. Siempre era de los últimos. Se tomaba el tiempo para recoger las cuerdas, enderezar la arena, limpiar el espacio sagrado.
Cuando por fin lo vio caminar solo hacia los pasillos que llevaban a los vestidores, Buchimaru se incorporó y lo siguió.
-¿Vas al vestidor? -preguntó, con un tono neutro, pero los ojos encendidos-. Te acompaño...
Shishi volteó, con su melena algo empapada, la toalla colgando del cuello. Parpadeó un momento, sorprendido por la cercanía repentina del otro.
-Hola... claro -respondió, sin perder la cortesía-. Soy Shishi. Tú eres Buchimaru, ¿cierto? Te he visto en televisión, luchas genial, eres muy imponente.
Buchimaru sonrió levemente, pero no era una sonrisa amable. Era más bien afilada, como un colmillo contenido.
-Lo mismo digo... Aunque tal vez te falta más furia.
Shishi alzó una ceja, curioso.
-Yo -continuó Buchimaru, sin bajar la voz, avanzando un paso más en el pasillo estrecho-, yo hubiera aniquilado a ese mapache. No hay oponentes pequeños. Hay que luchar con todas tus fuerzas, sin importar quién sea. En el sumo no hay categorías, ¿sabes? Si vas a subir al dohyō, es para morir o dominar. No hay más.
Shishi no respondió aún. Solo lo miraba. Su pecho se alzaba lento por la respiración. Estaba atento.
-Yo le habría hecho un Uwatedashinage, ¿te suena? Proyección con agarre exterior. Lo tomas del mawashi, lo jalas como si le arrancaras el alma... y luego lo aplastas con tu cuerpo. Un mapache no es precisamente una especie que se vea mucho en esto. Y tampoco creo que llegue lejos.
Shishi frunció apenas el ceño, aunque su tono seguía tranquilo.
-Y sin embargo luchó. Subió. Lo dio todo. Eso ya lo hace un rival dignó.
Buchimaru gruñó suavemente. Apreciaba la dignidad, pero no la compartía del todo. Aún así decidió ignorar eso.
Shishi, ya había recibido un rango oficial como Buchimaru, los dos eran promesas del Sumo. El mawashi blanco que llevaba -ajustado, limpio, inmaculado incluso después del combate- era prueba de su ascenso reciente. Todavía conservaba algo sagrado en su forma de luchar, casi ceremonial. Un respeto que contrastaba con el tono amarillento del mawashi de Buchimaru, curtido por los años, por el sudor, por la violencia. Por la fama.
Buchimaru era conocido. Adorado por unos, odiado por muchos. Su estilo brutal, físico, agresivo, no era del agrado de los puristas. Pero nadie lo ignoraba.
Buchimaru dio otro paso, ya muy cerca.
-No estaría mal enfrentarnos.
La voz de Buchimaru fue apenas un murmullo grave, cargado de peso y sombra. Casi un rugido bajo, salido de lo más profundo del pecho.
-Tú y yo. Nada de árbitros. Nada de testigos. Algo en privado...
Shishi lo miró.
No respondió al instante. Solo sostuvo la mirada. No había sorpresa en sus ojos, solo una calma densa, como la de alguien que ya había presentido ese momento desde antes.
-¿Por qué? -preguntó al fin. Su tono era tranquilo, pero había un filo oculto en la pregunta.
Buchimaru no tardó en responder. No dudaba. No se contenía.
-Porque tú luchas con fuego en el cuerpo, igual que yo. Lo vi. Lo sentí desde que entraste a ese dohyō.
-Y cuando peleaste con el mocoso -continuó, acercándose medio paso más-, no fue solo técnica. Fue deseo. Intencionalmente lo encendiste. Por qué el enano también es como nosotros, jugaste con su instinto. Y lo disfrutaste.
Shishi tensó el cuello, pero no habló.
-No me puedes negar que no lo sentiste -murmuró Buchimaru, más bajo aún, casi ronroneando-. El chico ardía por ti. Se te aferraba. Te olía. Te sentía. Y tú no lo apartaste. Lo envolviste. Le diste calor. Lo dejaste perderse en ti.
Hizo una pausa.
-Estoy seguro de que esta noche... el pequeño bastardo te dedicará una buena paja. -soltó una risa seca, cruda, sin suavidad-. Y tú vas a pensar en eso. Porque lo provocaste. Porque te gusta.
El silencio entre ambos era espeso, cargado.
-Pero lo que realmente me interesa -añadió, con la voz ahora más grave- es que no era a él a quien querías encender. Era a mí.
Shishi no desvió la mirada.
-Desde el borde del dohyō -dijo-. No mirabas al chico. Me mirabas a mí... También te note desde el principio, si.
Buchimaru sonrió. No como un gesto amable. Era una confesión descarada. Un reconocimiento de poder. De deseo.
Inclinó apenas la cabeza, como si pensara marcar la piel ajena con la frente, como si quisiera olerlo. Su voz bajó aún más, casi ronroneante.
-Claro que te miraba.
Su mirada recorrió el cuerpo del león, sin prisa, sin pudor.
-Ese cuerpo tuyo... tan firme, tan templado, pero aún suave. Tu melena recogida. Ese mawashi blanco. Tan limpio. Tan puro. Me daban ganas de ensuciarlo. De hacerlo sudar contra el mío. De verte deslizarte sobre la tierra... debajo de mí. O tal vez encima.
El silencio se volvió espeso como el vapor del pasillo.
-Podríamos divertirnos juntos -murmuró, más cerca que nunca-. Luchar de verdad. Con fuerza. Con todo. Hasta que no quede aire. Hasta que uno ceda el cuerpo... o lo reclame. Tú sabes a qué me refiero...
Shishi no se movía. Pero su pecho subía y bajaba. Lento. Encendido.
El eco de sus pasos había cesado.
Ambos se detuvieron en seco. El pasillo de concreto que conectaba con los vestidores estaba envuelto en vapor, tibio, cargado de humedad y olor a piel. Ya habían llegado. Las puertas estaban entreabiertas. Al otro lado, la penumbra y el vapor lo llenaban todo.
Buchimaru ya lo sabía: a esa hora, los demás se habían ido. Lo había calculado. Lo había deseado. Estaban solos.
El mundo se reducía a la respiración de dos cuerpos. La suya, profunda y contenida. La de Shishi, algo más rápida, más tensa. Como la de alguien que no da un paso atrás... pero sabe que está a punto de cruzar un umbral.
Y aún les escurría el sudor. A ambos.
Pero no por el entrenamiento ya.
Era por otra clase de tensión.
Una que se adhiere a la piel. Que se acumula en los poros. Que late en los pliegues del mawashi y en el roce apenas perceptible de los cuerpos grandes que se miran, que se estudian, que se desean.
Buchimaru sonrió, apenas. Dio el primer paso hacia el umbral del vestidor que comprobó como imaginaba ya estaba vacío.
-¿Vienes...?
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