Cap02 Pesquisas
by 3-000
Martescribe
7 months ago
Arctic Blues
Capítulo 2
Pesquisas
Capítulo 2
Pesquisas
Historia escrita por Martes
—¡Alex, espera!—Se equivoca de hombre, señorita.
—Basta, sé que eres tú.
La reno aventó su maleta al suelo y corrió para detenerlo por el brazo. Kay se dio la vuelta, imponente, y la chica retrocedió un paso. Su vista se clavó en el brazo de hielo.
—¿Qué fue lo que te pasó?
El rostro de Kay no mostró emoción.
—¿No te acuerdas de mí?
—No son buenos tiempos para estar perdida, señorita. Le recomiendo que encuentre un buen lugar para dormir esta noche.
—¿Y cómo sabe que nadie me está recibiendo? —La chica se cruza de brazos como si lo hubiera atrapado en un error.
Kay solo le devuelve una mirada indiferente.
—La madera de su maleta proviene de los pueblos rurales de Hibernia. Su acento es marcado, su abrigo está fuera de moda y acaba de llegar en un tren expreso a la capital.
La chica bajó la vista, abochornada, y cuando Kay se giró, no hizo ademán de seguirlo. Tan solo lo observó hasta que se perdió en el ajetreo de la estación.
—¡Por el amor de Dios, Kay, cúbrete! —exclamó el mapache.
—Sabes que el frío no me afecta —respondió el detective, inclinándose para no rasgar el techo con su cornamenta.
—Sí, sí, sí, pero eso no es excusa para ir mostrando tus gracias al mundo.
Se habían conocido algunos meses atrás, cuando investigaba el caso del asesinato esmeralda. Oleg provenía de un largo linaje de joyeros. Aquel sombrío taller de techos bajos había pertenecido a su familia por generaciones. Kay no lo culpaba por trabajar en un lugar tan incómodo: después de la revolución, era un milagro que aún quedaran rastros de la opulencia real.
El taller, ya de por sí más ancho que alto, se encontraba abarrotado de cajas y pilas de trastos: metales oxidados, relojes irreparables, cajas y vitrinas, sin embargo, tan solo hacía falta un buen ojo para encontrar tesoros. Por ejemplo, el reloj que a medianoche desplegaba un cuento musical e incluso autómatas inefables. Por ahí debería seguir rondando un pajarillo mecánico que construyó su nido entre las vigas.
El reno se desplomó en una de las sillas al fondo, junto al escritorio de trabajo y una pequeña chimenea. No que hiciera diferencia: tampoco podía sentir el calor. Oleg se sentó frente a él y saltó como si se le hubiera encajado un clavo cuando Kay colocó el huevo en la mesa.
—¿De dónde has sacado eso?
—No es una simple joya, ¿verdad?
—Es una bomba y aún está activa —suspiró el mapache, sacando una lupa para observar el huevo más de cerca. Notó la alarma en el rostro de Kay —. Tranquilo: no estallará a menos que actives el mecanismo con su llave. ¿Tienes la llave?
Él negó con la cabeza.
—¿De verdad hay gente que fabrica bombas tan caras?
—Las gemas son falsas, solo es vidrio bien pulido. Y es fabricaban, en pasado. Se hicieron durante la revolución para atentar contra la realeza, de modo que parecieran regalos y…
—…así serían ellos mismos los que las detonaran cuando estuvieran en sus palacios —completó Kay —. ¿Estas seguro de que ya no las fabrican? Si las pudieron hacer entonces, seguro que es más fácil hacerlas ahora. La revolución fue hace menos de 50 años.
Oleg titubeó.
—Podría examinarla algunos días y-
—No. Me estarán siguiendo en estos días, así que tendré que desaparecer por un tiempo. Cuídate de todos modos, y gracias.
Antes de que el mapache pudiera decir algo más, Kay cruzó el taller sin siquiera hacer rechinar la madera del suelo y salió al exterior como un suspiro de nieve.
“¿Qué trama la Baronesa?” pensó Kay.
A esa hora todo se pintaba de azul y amarillo: el anochecer de esas latitudes contra el brillo de los miles de bombillas de la ciudad. El detective avanzó por calles oscuras, su pelaje reflejando el mismo tono que la nieve a su alrededor, por lo que a momentos parecía transparente.
Había sido contratado para investigar unos simples registros que no cuadraban: cargamentos desaparecidos y desvío de fondos lo suficientemente pequeños para no levantar alarma, no de la importante. En un inicio había imaginado que se trataría de un simple ladrón o hasta de alguna clase de criatura inefable que se comía las provisiones. Sin embargo, sus investigaciones lo llevaron por nombres falsos y compañías fantasma hasta olfatear algo en la mansión de la Baronesa.
No había querido enfrentarla, incluso se aseguró de ir el día en el que se suponía que estaría afuera. Pero fue sorprendido husmeando en su casa y resultó ser una mujer de mecha corta. Literalmente.
A pesar de sus mejores intentos de engaño, la mujer ordenó a su mayordomo liquidarlo en el acto y, cuando se encontraba ocupado en batalla, se sacó un cañón de quién sabe dónde, expulsándolo por la ventana. No era cuestión de venganza, aunque agregó revancha a su lista de misiones.
Había algo, algo grande en todo este asunto. ¿Pero qué? Miró el huevo y la botella.
Dejando atrás a las abarrotadas calles, llegó a la zona de esbeltos edificios de apartamentos, con sus porches cálidos y sus avenidas hogareñas. La nieve no había sido profanada más que por las llantas de los automóviles y se podía escuchar al viento susurrar entre las ramas de los árboles. Le gustaba ese vecindario: era silencioso y no tenía muchos ojos curiosos. Cualquier disrupción, como una mudanza o un accidente, era fácilmente detectable.
Así que cuando vio nieve amontonada junto a la puerta, supo que alguien lo esperaba para asesinarlo.
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